Barea varea
El señor Barea, mi amigo Barea, varea todos los días el Presupuesto Nacional. Varear, ya saben, era varear un olivo, en la cosecha, o varear un colchón, por la primavera. El amigo Barea (que va camino de ser el dibujito más animado de esta columna/cómic) está vareando a Aznar y Rato con las verdades del barquero, el número de oro y las cuentas claras. También podríamos titular/anunciar «Vara a Barea», aunque él ya ha dicho que ni se va ni le echan. Sea como fuere, lo cierto es que Barea vuelve con sus papeles secretos, ésos que Rato lee, arruga con la mano izquierda, para que no se entere la derecha, y arroja al cesto de los espías, que los desdoblan al día siguiente en Las Cortes, haciendo contraespionaje por el espionaje que les hicieron a ellos. Barea dice ahora que sobran doce mil mandos en el Ejército para que la profesionalización de la guerra sea viable. ¿Y qué hacemos con doce mil mandos sueltos? La instrucción ya se la saben y no es cosa de tomar Ceuta y Melilla, que ya están tomadas. Mejor que rescaten el Peñón. El presidente Aznar tuvo la cautelosa idea de meter a un particular, un independiente, un técnico, como asesor o crítico de las cuentas del Estado. Le puso a Rato un señor anónimo por saber qué opinaba el hombre de la calle dado a números. Y ya ven. Esto de meter en política a los independientes, los peatonales y los hombres de bien ya lo probó el PSOE -juez Garzón- y es cosa que nunca ha salido bien, porque el particular no sabe mentir ni maquillar las cifras ni ser políticamente correcto ni poner cara de foto. Cuando Aznar, cauta y nocturnamente, ya digo, le puso a su íntimo Rato un contable en la sombra, un pendolista de los números, un covachuelista brillante, lo hacía con la mejor intención, sin duda, pero también con el instinto político de no fiarse de su padre ni de su mejor amigo, en este caso, que no es que le vaya a raptar a la Botella, pues buena es ésa, pero puede maquillarle los Presupuestos para que el jefe salga en Las Cortes y por el mundo en plan campeón -ya va de único-, cantando los números de la primitiva, en plan San Ildefonso, hasta pegarse el jaulazo contra un socialista que recoge la basura de madrugada, revuelve las papeleras buscando condones en buen uso y de pronto se encuentra con los números primos del señor Barea, que son los que dicen la calamidad del dinero español y la mentira de unos Presupuestos tan convencionales que parecen los del PSOE. Y es que el hombre de la calle, Barea, no sabe mentir, dice las cosas como las siente, es espontáneo como Lina Morgan y no sutil como el padre Apeles (con quien quiere García-Miranda que yo firme en el Rastrillo). Esto de llamar a un profesional no es bueno porque en España los profesionales son honrados, y la honradez no es un valor político. Jueces y economistas suelen fracasar cuando les subes al altillo del Parlamento o de los mítines o de la tele, porque no tienen educada la voz como Plácido Domingo. Me es grato volver sobre mi amigo Barea, ahora que no le veo de copas, y decir que se ha manifestado como un español antiguo, como un hidalgo de los números, como el cachicán del cortijo de todos los nacionales. A los señores Aznar y Rato les está jodiendo la papela, pero por fin hemos encontrado al hombre que habla en nombre de la calle y del sentido común. Carrera política no va a hacer, pero a mí me parece que la gente, los que somos la gente, debiéramos pegarle un banquete en Lucio antes de que el Ejecutivo le mande a la Gomera con la absoluta, un chándal y su señora, que por cierto la lleva muy arreglada.

