Artículos Francisco Umbral

La campaña


La precampaña preelectoral ha empezado con dos o tres meses de adelanto, o cuatro, ya veremos, lo que quiere decir que los políticos no gobiernan ni se preparan para gobernar, sino que viven electoralmente, empalmando unas campañas con otras, unas elecciones con otras, y mareando al electorado como se ve por los índices de abstención. No es que el personal pase de política sino que media España está en casa haciendo meditación trascendental para olvidarse de los políticos, esos hombres que creen hablar bien porque se repiten mucho, a sí mismos y unos a otros. España está bastante abandonada, las avionetas se caen, los jubilados se mueren sin soltar la cachava, el Real Valladolid pierde siempre, Gil gana al Madrid, los restaurantes están carísimos, los pobres tocan la gaita a la puerta de las grandes superficies y nadie les echa un euro. Estos son los males de la patria, más los que dejó apuntados don Lucas Mallada (yo soy un Mallada, un arbitrista de Marks & Spencer). Y de estos males es culpable el desgobierno del Gobierno, la pasión electoral de Aznar, la vocación electoralista de Almunia, que gusta de convocar incluso las elecciones que pierde. Son políticos de incontinencia electoral y muy malos oradores. Han confundido la democracia con los comicios que no cesan, y hasta Pujol ha vivido su éxtasis electoral enfrentándose innecesariamente a un socialismo que pudo asesinarle con toda justicia. No es posible que nos pasemos el año votando, que ellos se pasen los años preparando las próximas elecciones, que vibren sólo con la cuerda electoral, porque hay que tener en cuenta que están trabajando sobre media España -la otra media ya hemos dicho que se abre-, de modo que sus victorias sólo son media sandía, y la otra media es lo que antes se llamaba «la mayoría silenciosa», como le puso Nixon, o sea la España real que se compra compact-disc, trabaja en lo suyo, va en autobús, ve culebrones, fornica ordenadamente, lee a Erica Jong para salvar lo que quiere, toma el sol, vive de puente a puente y se toma quince días en julio. Como no oyen a la mayoría silenciosa, no saben lo que de verdad piensa y quiere España, o sea que sólo hacen elecciones para saber lo que piensan ellos mismos, unos y otros entre sí, y montan estas campañas tan largas para decírselo todo a gritos e ir preparando la próxima guerra civil, que ya será atómica, pero civil. Cuando se maten entre sí estos logísticos ya sólo quedarán el partido de la abstención, la mayoría silenciosa y los que votan en blanco, con lo que vamos a ser muy felices y silentes, un pueblo modelo y en ruinas. Cuando menos en ruinas ortográficas, porque hay que ver lo mal que hablan unos y otros, cómo castigan la frase hecha, el latiguillo, el lugar común, el adjetivo vulgar y todas las zonas muertas del idioma, de las que nunca salen. Son dos o tres tribus políticas que se pelean entre ellas mientras los demás les miramos o los leemos, salvo el que se va a la cocina a pasarse un huevo por agua o robar nocilla. La superfetación electoralista desprestigia la política y pone en dormición al electorado. Cuando todos seamos mayoría silenciosa, La Moncloa que se la jueguen a los chinos.

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