Artículos Francisco Umbral

Günter Grass


La pasada por España de Günter Grass, nuevo «Príncipe de Asturias» de las Letras, nos devuelve la imagen del intelectual comprometido, que aquí ya teníamos un poco olvidada en el arrullo del Estado del Bienestar, en el cansancio de 40 años de socialrealismo franquista y en las delicias y frivolités del neocapitalismo ilustrado. Pero Grass, desde el frente de Berlín hasta su último libro, no sólo prolonga este modelo humano del escritor o artista político y polémico, sino que nos avisa de la urgencia de volver a la cosa pública y contarlo todo, ya que el dinero se ha comprado unas ideologías -las que estaban en venta- y está haciendo con ellas verdaderos primores, de la democracia cristiana a la socialdemocracia. La figura del intelectual, la mera palabra «intelectual», alude en puridad al escritor o poeta incardinado en la marcha de su tiempo. Se supone que esta figura nace del proceso Dreyfus o, anteriormente, de la Revolución Francesa. Pero, así entendidas las cosas, intelectual era Quevedo en el siglo XVII, el gran siglo barroco, o Voltaire en el XVIII. Sócrates es un intelectual que muere por razones intelectuales, que se suicida intelectualmente, o sea que el dibujo de tal personaje está en la constitución misma del pensador y del escritor. Hemos tenido que llegar al albero de este siglo XXI para que una figura como la de Grass resulte insólita. O calumniada. Efectivamente, la molicie de estos tiempos, que convierten el cáncer o el hambre en un cotillón marbellí, nos ha traído a olvidar que es obligación y sustento del intelectual entrar en los temas sociales y políticos de su ocasión, ya que el intelectual -la palabra lo lleva de suyo- es el profesional de la inteligencia, y no le está permitido vivir del pienso transgénico de la televisión, envilecedora a veces, o la sobreinformación que tiene como último fin mantenernos nutridos de noticias, pero desinformados. En España acabamos de vivir dos fusiones monetarias de carácter monstruoso, con esa montuosidad fría del dinero, y alguna ha resultado fracasada por imposible o inoperante, así como los dinosaurios desaparecieron por problemas de tamaño e imposibilidad técnica de reproducirse. El capitalismo ha llegado a una morfología teratológica que Tom Wolfe recoge en su última novela, pero que don Carlos Marx nunca hubiera podido imaginar. Y el espectáculo circense se produce ante los grandes públicos que se opinan de demócratas en plena cultura del reparto. Por otra parte, intelectuales que se ganan la vida en los periódicos escribiendo de política, dictaminan luego que el novelista, poeta o ensayista politizados son unos corruptos o unos equívocos. Por eso ha salido del armario una legión de redactores unisex que ensayan sobre la moda o novelan sobre la droga, pero jamás la política, puaghhh. He comprobado que Grass no interesa a los jóvenes, no ya por el prodigioso niño vitricida de una de sus novelas, pero por la densidad histórica y moral de su escritura. Pese al acontecimiento de Asturias, por aquí seguimos oyendo que Grass es el viejo de las batallitas. Nadie quiere enterarse de que la batallita es la que nos mata de modernosidad cada día. Ya dijo Ortega que no se puede seguir viviendo sólo de literatura.

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