Artículos Francisco Umbral

La derecha gamberra


Tal que ayer contábamos aquí que la derechona se fue al debate sobre el Estado de la Nación con botijo de anís como a los toros, para hacer palmas y pitos, caras y caretas. Bueno, pues el segundo y último día ya todos los nacionales eran un tendido de sol, con bronca en los callejones, colchones para la siesta, mientras hablaba el enemigo, y abanico de apisaje goyesco para las chicas del PP. Qué pollo, qué algarabía, qué algarada, qué manera de no escuchar, qué palmas borrachas para Rodrigo Rato, anteponiendo el ruido a la palabra, el follón a la razón. Razón que la derecha tiene y le sobra en estos momentos, lo que pasa es que no cree en la democracia ni le importa, confunde el Parlamento con los sanisidros y cree más en el barullo que en la dialéctica, o en la dialéctica del barullo. Se ve que no están acostumbrados, que llevan siglos gobernando con picos, palas y azadones, y todo esto de votar y razonar les parece poco serio, una astucia judía de la izquierda masónica para robarle la virtud a Loyola de Palacio. Loyola de Palacio, esa Juana de Arco con rebequita, tiene todo el encanto de las niñas de las monjas, y una falsa dulzura eucarística que se tramuta en queo gamberro, risa insolente (insolencia de clase) y corte de mangas morales al presidente de las Cortes, señor Pons. Rodrigo Rato, pasando también mucho del ecuánime y paciente Pons, le habla sin sacar las manos de los bolsillos. Uno cree que el señor Aznar, ese líder rojo que ha nacido, estaba un poco abochornado por la bronca taurina de su mocerío en una tarde de abril fina y raciocinante, en verde y oro. Traían toda la razón, la han explicado bien en un par de días, se han asegundado en lo fundamental -la corrupción y el paro-, pero luego recibían a los cinqueños socialistas con tragos de limonada, toses de sangre, costaleo de procesión, pateo de tongo y rumor de ignorancia, victoria prematura y tam/tam de los tristes trópicos de la vieja España africana. Un escritor tópico diría que tenían toda la razón., pero la han perdido a gritos. Se ven ya dueños de España, y así es, y han montado la ordalía sobre las alfombras isabelonas del hemiciclo, una juerga de señoritos perdis e ilustres fregonas. Ya les dijo uno de sus grandes patrones, José Antonio Primo de Rivera, que el destino de las urnas es romperlas. Pero es que ahora tienen las urnas, las van a tener en seguida, y es posible que vuelvan a perderlas por el desplante chuleta y antiguo de hablarle al señor Pons con las manos en los bolsillos, una cosa casta e impropia de Rato, que lee a ensayistas tan finos como José Antonio Marina. Parecían, sobre el barandal, la horda goyesca de San Antonio en la Florida, un fresco de ordinariez y milagro asomado a los balcones de la democracia para ver pasar el Corpus de los rojos y escupirles y tirarles macetas. No se puede tener más razón y utilizarla peor. Felipe González, un hombre socarrado por sus amigos y enemigos, por sus traidores y sus fieles, queda como ejemplo de dandismo parlamentario (y en esta crónica sólo se habla de maneras) frente a la basca bienoliente de la derecha, que son los que han ido a colegio de pago. Se vio tal que el miércoles que no entienden la democracia y la desprecian. Se sienten de nuevo dueños de España, ahora democráticamente y por la deflagración del PSOE, y vuelven a sacar la liturgia violenta, señorita, castizona y hembra de sus verbenas entre la pérgola y el tenis. Para una vez que tienen razón, no se dan a razones.

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