Santiago Calatrava
La concesión del Premio Príncipe de Asturias de las Artes a Santiago Calatrava, arquitecto, ingeniero, inventor, viene a subrayar el renacimiento de la arquitectura española, que se inició hace ya bastantes años con Bofill en Barcelona y Sáenz de Oiza en Madrid. La arquitectura de nuestra vida, la que uno recuerda haber visto nacer, desde la posguerra, empezaron siendo aquellos bloques cuadrados, germánicos, de hombros altos y materiales deficientes. En otro orden de cosas, yo he visto cómo se hacían las carreteras de gravilla. Franco tardó mucho en descubrir el asfalto. Todavía quedan por los barrios periféricos las ruinas sin grandeza de una arquitectura «social» -«las viviendas protegidas»- que nació fea y pobre, pero que ha envejecido siniestra y reveladora de un sistema que, con vocación de perennidad, construía sólo para el día siguiente. La dictadura, entre otras amenas cosas, era paradójica. La primera revelación de un amago de novedad la tuve yo ante el edificio España de la Plaza de España, en Madrid, donde todavía luce el machihembrado de una arquitectura cuartelera, que no militar, ojo, con un proyecto de rascacielos cuadrado, una cosa rara. En seguida hicieron, enfrente, la Torre de Madrid, ya decididamente neoyorquizante. Hoy, la Torre de Madrid sólo sirve para que viva en ella el escritor más alto de la ciudad, Fernando Díaz-Plaja. El rascacielismo a la americana está por la Castellana y Azca. En los sesenta se tiraron palacetes afrancesados y se levantaron rascacielos de cristal, ésos que a mí me gustan y a Miguel Oriol, con muchos más títulos, no. La Castellana pasaría de ser una desvariante parisina a ser una desvariante a lo Chicago. Dentro de esta misteriosa tendencia de Madrid, la impronta personal la ha marcado Sáenz de Oiza. Calatrava se sitúa más allá del rascacielismo y hace unos edificios imaginativos, bellos, un poco 2001, que tienen de la astronave y tienen de los griegos. Pero veamos el aspecto sociológico de esta nueva arquitectura. Bofill hace un bellísimo aeropuerto en Barcelona, en Bilbao hacen el Guggenheim, Calatrava también se emplea en obras públicas, como el puente de Sevilla, Sáenz de Oiza erige un impresionante BBV, pero fracasa en la arquitectura social -ahora sin comillas-, como ese cruce de plaza de toros y cárcel modelo que colocó en la M/30. Quiero decir, en fin, lo que a mí me importa: que primero no teníamos arquitectura, que ahora la tenemos muy epatante y elitista, pero ¿aquí quién coños hace arquitectura para la gente, viviendas baratas y bellas? La arquitectura social del PSOE no sé si existe realmente, pero estéticamente no existe, se ve que estas cosas se las dan a los arquitectos sin nombre, a los profesionales de toda la vida, practicones pero poco inspirados. En cuanto a la arquitectura social del PP, está inédita, excepto la bella y lograda Asamblea de Madrid, en Vallecas, con un grandioso mural de Lucio Muñoz, que, ya enfermo de muerte, todavía le dio los últimos toques. Admiro y felicito a Calatrava, pero lo que hay que encontrar ahora es el punto justo, bello, útil, social, vividero, de las viviendas para la gente, lejos del franquista Banús y su barrio de la Concepción, cuya lobreguez consagró genialmente Almodóvar en una peli.

