Artículos Francisco Umbral

Solana, como Gila


Si al señor Solana le hacen secretario general de la OTAN, que anda un runrún, todas las guerras nacionales e internacionales serán la guerra de Gila. Para el cinco de diciembre sale el nombramiento de Solana o de otro. Pero nuestro ministro lleva muchas papeletas. Dicen que está en la recta final hacia la OTAN. No sé por qué ahora llaman siempre recta final a los caminos más sinuosos. Estados Unidos cree que el español es un candidato cómodo para todos los socios. Esta apreciación prueba que los americanos son un gran país político, como sus primos mayores los ingleses. Los madrileños sabemos bien que el señor Solana es ante todo eso: cómodo. Lo ha sido en cualquier ministerio y lo sería en la presidencia del Gobierno, que también se le ofrece (está en el emporio, como me decían a mí cuando gané la primera flor natural). Como presidente sería cómodo para González, a quien permitiría gobernar en la sombra, a la sombra de un naranjo, de un pinsapo o de un bonsai. Como secretario de la OTAN, don Javier Solana es capaz de acabar con las grandes guerras a abrazos. Quienes estamos en la pomada sabemos que las reuniones de trabajo con Solana empiezan a abrazos, terminan a abrazos, más los abrazos entre plato y plato, pero de trabajo nada. Solana ha llegado a «histórico» y a candidato para todo a fuerza de palmadas en la espalda. Solana ve a Chirac tirando la atómica en Mururoa, le da unas palmadas en la espalda y le dice: - Muy curiosa la bomba, majo, y que hace bonito cuando estalla, hale, un abrazo y a ver si nos vemos y tomamos unas copas para celebrarlo, majo. Todos somos muy majos con Solana, y él es el más majo. Es el ministro más sociable de toda la democracia. Sonríe siempre y él se inventó lo de mirar para otro lado. Conserva una cosa usitada de chico de Colegio Mayor del SEU, con la barba de tres días y una esposa que tiene las mejores piernas de la Santa Transición, cosa que ignoran injustamente los cinco libros diarios que salen sobre la transición aquélla que hubo de la cosa. Cuando fue a Bosnia, hace poco, le ametrallaron el coche, ya ustedes se recuerdan, y él dijo que sólo había sido un «sustito». Solana hace las guerras en diminutivo. Lo de Bosnia no ha sido para él más que un sustito, y cuando sea baranda y mande toda la OTAN a la próxima mundial, imagino que irá en cabeza de la formidable y espantosa máquina, repartiendo abrazos a los generales enemigos y a los reclutas. «Hale, majos, vamos a empezar esta guerra y terminarla pronto, majos, que hay que pasar pronto el sustito». Como ministro de Exteriores ya ha dejado la forma de su abrazo en todos los mapas de la tierra. Este abraza a Gadafi, a los que quieren matar a Shalman Rhusdie, a los ayatolás, al asesino de Rabin, a Yeltsin cabreado, a la momia de Lenin, a Pinochet, al león de la Metro, al Padrino, a los leones de Angel Cristo y a los leones de las Cortes. Su política de abrazos y risas puede convertir la OTAN, ya digo, en una OTAN de Gila. - Hale, Clinton, majo, dales un sustito en Sarajevo, pero marchando, majo, que se nos pasa la paella en el Pentágono. OTAN, de entrada no. Y ahora vamos a presidirla, patrocinando todas las guerras del universo, que son guerras que les convienen siempre a Wall Street y a Hillary Clinton, que manda camisetas a los muertos que va dejando su marido. Simpático sí que es Solana, remolón, camastrón, perezosón y amigote. La OTAN seguirá matando como siempre, pero Solana estará allí para tomarse un culín de champán con cada muerto: «Esto hay que celebrarlo, majo».

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