La montaña rusa
En San Martín de la Vega, Madrid, se provocó hace días un accidente en el que 30 personas permanecieron colgadas durante más de una hora en la Montaña Rusa de la verbena, aparato que tiene una caída vertical de más de 50 metros. La empresa no estuvo a la altura de las circunstancias, «un fallo total de energía», y hubo flashes de pánico mientras llegaban los servicios de urgencia. Uno se ha resistido siempre a usar la metáfora de montaña rusa para definir a cualquier partido político, incluso aunque sea un partido ruso. Pero ahora esa modesta metáfora se hace realidad tangible con lo de San Martín de la Vega. Quiero decir que todos los partidos políticos, a derecha e izquierda, en cualquier tiempo y meridiano, tienen una mecánica de montaña rusa. Agrupan a las multitudes simétricamente en una máquina, las proyectan hacia el cielo de todas las utopías y luego, antes o después, las dejan colgadas en el vacío sin otro remedio que los servicios de urgencia, o sea el Estado, y a veces ni eso. Los ciudadanos festivos de San Martín de la Vega han estado más de una hora cabeza abajo, a muchos metros del suelo, y los líderes, los encargados, los que cobran, no aparecían por parte alguna. Es exactamente lo mismo que pasó con el GAL y sus multitudes, que han estado años cabeza abajo mientras el responsable de la máquina, Felipe González, alternaba con los grandes de la tierra. Y así el presidente Aznar. Nos elevó a la utopía del liberalcapitalismo, mediante su formidable y espantosa máquina de hacer números, y cuando estábamos a la altura de la bandera, con el señor Trillo, nos dejaron colgados de una nube porque venían los jueces con requerimientos por causas diversas. Los soviéticos tuvieron al pueblo ruso más de 70 años colgado de un cielo de nieve esperando la utopía socialista. Había dicho Lenin que el comunismo es los koljoses más la electricidad, pero se fue la luz y tardó 70 años en volver. Aquello sí que fue una montaña rusa. Si no te subes a la montaña rusa te tomas una mirinda para tres aquí abajo en la tierra, con tu novia, muerto de pena, de modo que la gente deja a la novia y a su novio y se sube a la montaña rusa, que ves todo Madrid como desde un avión, y hasta se ve a Gallardón inaugurando una oveja clónica. Pero de pronto viene el apagón, la máquina se para y te quedas colgado cabeza abajo pensando en la grandeza del partido. Al señor Aznar parece que le va renqueando la máquina, pero tiene buenos sustitutos y buenos mecánicos para el invento. En el Ulster se les para por cuarta vez la montaña rusa, que vuelve a pillar a la gente cabeza abajo, y ya no hay terrorismo ni separatismo irlandés ni nada. La verdad es que estas máquinas de distraer a la gente, mayormente a los niños, resultan muy prácticas en política. El señor Arzalluz tiene una montaña rusa en Bilbao y todo el mundo se sube a ver de cerca los pájaros y a ver de lejos las inmensas extensiones del imperio madrileño que hay que cautivar con una legión de otegis respondones. Lo malo es cuando paran la máquina desde Madrid y los peneuvistas se quedan con la chapela cabeza abajo, observando que entre el gentío suspenso no hay ningún cura vasco, y es que los curas vascos saben por revelación divina del obispo cuándo se va a parar la industria. Un partido político nunca ha sido mucho más que una montaña rusa.

