¿Le gusta a usted Dalí?
Una galerista progre me decía hace poco: - ¿Sabes que ahora ya me gusta Dalí? No me sorprendió esta confesión porque Dalí es el gran mal pintor al que se vuelve siempre en las crisis estéticas, como ha sido el caso de Arco. Nuestro amado siglo XX no ha salido nunca de Picasso y Dalí. Picasso es el garajista descalzo a quien volveremos siempre y Dalí es el genio bien vestido a quien no abandonaremos nunca. Entre estos dos talentos que se llevaban tan mal se ha movido el arte y la vanguardia de nuestra vida. Picasso ha sido el lírico menesteroso, como decía Cela de Alberti, o sea la encarnación de todo el arte mendicante de los mejores siglos hispánicos.Y Dalí es la encarnación del dinero hecho carne, de la pintura bien instalada, un místico para ricos y un surrealista para beatos.Insistimos en el paralelismo de los dos genios mundiales de la época porque efectivamente componen una simetría que admite muchas multiplicaciones. Veamos. Picasso es la culminación de la pintura española y mundial en el sentido de que es el que más y mejor crea, pero también el que más y mejor dibuja. Dalí, asimismo, es el dibujante del otro lado del espejo, un dibujante perfecto al servicio de una pintura imperfecta, quizá excesivamente terminada. Ese exceso de culminación es claramente irónico, con lo que el arte hispánico se vuelve del revés y Dalí dibuja tan excesivamente bien que se está como burlando de los que sólo pintan bien, pues ya escribió don Eugenio d¿Ors que el dibujo es la honradez de la pintura.Tomando esto al pie de la letra, tenemos en Picasso al farsante genial que pasa por pintor y, del otro lado, al pintor consumado y dotado que pasa por dibujante. Ahora sale, en una colección muy cercana, el tomo de Dalí, no como hermoso segundón del maestro sino como referente del otro extremo de la elipse. Dalí es tan realista (y no hablo de temas sino de maneras) que llega a agotar la realidad y necesita pintar los sueños, los tigres que no hay en el hotel Palace y las mujeres que no hay en Gala porque Gala es una señora que sólo posa por condescendencia con la Virgen. Aunque Dalí sea el mejor de los pintores surrealistas, él no pinta por necesidad freudiana de materializar el sueño sino porque la realidad se le queda corta y el realismo encoge en un cuadro de este pintor. No le queda más que una tercera vía: el sueño reinterpretado, excedido y potenciado como una realidad ascendente y superior, como el culo de su hermana o sus relojes blandos y sin memoria. Dalí no es más que un relojero de relojes sin tiempo, sin minutero, sin pasado. Conozco y recuerdo bien todas estas cosas porque mi hotel de París estaba al lado del Museo de Artes Decorativas y yo lo visitaba mucho. Ya es irónico que a Dalí lo archive París como un arte decorativo, pero realmente lo es. Un arte que existe mediante la exasperación de lo mínimo, de lo breve, de lo decorativo, exactamente. Comprendo que a mi amiga la galerista le vuelva a gustar Dalí, porque él nos devuelve a todas las mentiras, prestigiosas como verdades, mentiras con las que hemos decorado todo un siglo que ha sido de ellos, Picasso y Dalí, como de nadie más.

