Artículos Francisco Umbral

Agatha en París


Hoy te escribo a París, Agatha, amor, por donde pasas ya con tus cometas, en un cielo naïf y de aduaneros, llevando un pecespada de la mano y un paraguas de triángulo escaleno. Desde París me escribes, te respondo, y espero a que tú vengas con tu moto a llevarme a la estrella de la Plaza, o esa boutique que pones en la lluvia, por donde van colores de Duchamp. Vive en el Vidrio Verde del maestro, guárdate de Aznavour en un Matisse, suelta tus corazones, como ranas, por el estanque en luz de la Concordia. Eres la única chica de Madrid que puede abrir un quiosco en los Inválidos, zumbarte a Napoleón a toda braga o recoger claveles en el Louvre. París pasa por ti como otras veces, dejando luz pastel en tu alma verde, París te contamina de lecheros, Agatha de Montmartre, escapadiza. Vienes de aquella gente impresionista, vienes de los domingos/acuarela, vienes de aquel Rousseau que comía bosque, vienes de aquel Gauguin y sus paraísos. Eres la nieta azul de las vanguardias, la costurera gris de Baudelaire, eres Odette mintiendo a todas horas, eres la colegiala de París. Y llevas a París muchos colegios, racimos de colegios con tormenta, rebaños de colores azulantes, muchachas con gorguera de Molière y tus piernas tan largas y tus tizas. Ultima vanguardista de París, mándame más postales con más berzas, última párvula, niña de entreguerras, nunca Gertrud Stein, siempre Max Ernst. Mándame más tus sellos y tus cartas y pregúntale a Proust, siempre en el Ritz, si se piensa morir en entretiempo. Ahora que vas y vienes de París, cómo te sale Francia en esa boca, cuando ya tu nariz es un aroma y tus labios ya besan los affiches. De ti aprende París a ser francés, forma de corazón tiene su mapa, echa al Sena tus cartas y sortijas, que tu correo fluvial siempre funciona. No contesté, perdona, a tus postales, y ahora lo hago de golpe, transperdido, porque hace ya un montón que no nos vemos y en mi dacha se encienden tus bombillas, tus margaritas de color de chica y el neumático roto del verano. Te veo en televisiones, en periódicos, pero no sé de ti, dime en qué andas, buena chica que cose para fuera, costurera de hilvanes fluorescentes en la ropa dos mil de la Ciudad. Cuántas cosas, amiga, cuántas cosas, me ducho en un alud de corazones que dejaste en mi casa, refrescantes, y muy pronto en París, yo de tu mano, subiremos a casa de Verlaine a que nos dé la sopa de los muertos y te bese en la frente, Rimbaud/niña. Te sigue André Breton por las farolas y vas a ser su Nadja este verano porque tienes la boca impronunciable de la mujer perfecta, inesperada. La blanca niña/flor de Barcelona, la chica mal hablada, los setenta, la muchacha/gusano, el Escorial, tu furgoneta llena de recuerdos, cosas de amor y lujo, esa vida que llevas, tanto París ahora como siempre, llegas oliendo a lluvia y a noticias, te nos fuiste a vivir al Vidrio Verde y allí Marcel Duchamp te hizo su novia, siempre más montparnó que catalana, y siempre más creatriz que noticiosa. París ya te ha hecho suya, colegiala, Louchette de los Duffy, niña/Degas, pero vuelve los jueves a Madrid, chica de agua y jabón, danos tu vino.

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