Artículos Francisco Umbral

Juan Gris


Se metió a pintor, pero era hombre modesto y de pseudónimo se puso Gris, Juan Gris, eligiendo el color más humilde y sufrido de su profesión. En París conoció primero la gloria periodística de las revistas, de la ilustración, del portadismo, y eso es lo que luego se le ha falseado mucho, socapa de su personalidad gloriosa y franciscana. Sus manos dejaban pintura pero no dejaban huellas. Nuestro entrañable Cristino de Vera tiene algo de Juan Gris, en la persona y en la pintura, que viene a ser lo mismo: medio tono, media voz, colores exangües, pintura que no se atreve a decir su nombre. Un arte que no quisiera ser artístico. Ahora, don Ladislao Azcona ha trajinado con un Gris falso, que debe haber muchos. Y de por medio, un museo, una amiga, una compra, una revalorización oportuna, casi irónica. Seis kilillos para pagar impuestos, que Hacienda somos todos, hasta Juan Gris. El mínimo y dulce Juan Gris. Aprendida la lección, uno mismo, yo, que declaro al Estado un huevo de la cara, estoy pensando, está pensando uno, o sea, que si Hacienda admite como moneda un Gris falso, también admitirá una cornucopia falsa que tengo yo de cuando mi abuela, un Sagrado Corazón de Jesús latonero, el primer bidé que llegó a España, una edición príncipe de mi primera novela, falsa como Judas, y malo el asunto, esta misma máquina de escribir, olivetti lettera 32, cosecha del 61, unos botines blancos de piqué que jamás fueron de Valle Inclán, una camisa milanesa de aduana, que al duque de Lugo le gusta mucho, pero no se la voy a regalar, y en este plan. Si Hacienda traga con todo, si Hacienda somos todos, incluso Ladislao Azcona, si el ministerio se va a convertir en una prendería, voy yo a ver, hombre, coño, a ver si voy dando salida a todo lo que tengo en el galpón, libros viejos, pamelas de muerta, un autógrafo de Eugenio d'Ors y otro de Ruano, otro de Verlaine que me regaló un Dicenta, en fin, los restos y resacas de toda una vida madrileña de literatura y escasez. Y si el funcionario se pone estrecho y dice que el Gris falso de Azcona sí pasa, revalorizado y todo, pero que mi jofaina desconchada no pasa, entonces se van a enterar de lo que vale un peine, que también admiten peines, por lo visto, y les voy a denunciar en plan amarillista, que el amarillismo es lo nuestro, lo de este periódico, quiero decir, y hay que asumirlo, tíos, que así nos definieron unos socialistas que había y nunca más se supo. Lo que no les voy a dar es los Violas y los Barjolas, los Ubedas y los Pepe Díaz, los Roldanes y toda la roldanesca, que ésos son el ronquido de una pasión por la pintura que jamás ha caído en falsificación ni en fraude al fisco, y no lo digo por nadie. Lo del simpático y decidor Lalo Azcona, aquel de la corbata floja, es de más eslora, que ha dejado la tele y lleva años en plan finanzas, que ya no lee más que el salmón, pero a Juan Gris, abstracto y místico, que no me lo toquen, que ya no va a poder uno creer ni en los abstractos que pintaban de rodillas, como el otro.

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