Gibraltar español
Cuando entonces, o sea los felices y lóbregos cuarenta, íbamos al colegio, por las mañanas, entre calles y túneles que ponían «Gibraltar español». Era un multiplicado letrero de almagre que yo no entendía, hasta que me dijeron en casa que se lo habían sacado los falangistas por reivindicar una esquina del Imperio y por poner en un aprieto a Franco, contra los anglos. Ya de reportero audaz, en Madrid, Luis Ponce de León y otros fascistas ilustrados, que me dieron de comer, me decían: -Los chicos de ahora es que no tenéis huevos. Si no, estaríais reivindicando en vuestros artículos Gibraltar español. -Bueno, pero es que estando ahí Rota y todo eso de los americanos... ¿Es que iba a perseguirme a mí toda la vida esa pintada necia de «Gibraltar español>>? Pues sí, porque resulta que aquellos falangistas de almagre tenían razón. Gibraltar era un abuso anglo y ahora vemos las consecuencias con el submarino Tireless, que está ahí como una sirena varada y macho, averiado en Gibraltar, ballena suicida que ha venido a morir al costado frío del Imperio, contaminando, impurificando, envenenando, matando. Los españoles, cremallera y Dios salve a la Reina, los ingleses poniendo cara de señora Thatcher con el menstruo (qué tiempos) y el mundo, ancho y ajeno, como siempre. El cínico Churchill, el gentil mister Eden, con pluma y plátano, la citada Thatcher, doble de la reina en versión Cruella de Ville, no le devolvían Gibraltar a Franco, el último fascista de Europa, pero tampoco se lo devolvieron a Suárez ni a la democracia que trajo. Blair es muy colegui de Aznar, pero con Gibraltar no tiene un detalle, o sea que no se estira. Los ingleses amarracos y pirateros nos han dejado ahí, al arrimo de la Andalucía prefinal y desolada, una cacharra de inmersión y contaminación, una mierda en pedazos, algo que está envenenando los mares de Alberti y los cielos de España. La vida es tan larga que aquellos letreros de infancia, tan fascistas, ocurre que tenían razón. «Gibraltar español», porque, si no, pasa lo que pasa, luego, y ya está pasando. Un vertedero líquido como el vertedero surtido de Doñana, también una compañía extranjera instalada cuando la socialdemocracia de Felipe González, que se codeaba en Europa, pero nunca dijo nada de Doñana, hasta que se cayó el cielo de la tapia y los cormoranes se embriagaron de petróleo, como algunos asiduos de la bodeguiya con perfil, efectivamente, de cormorán, y ese tumor cerebral que da el mal vino. Acabas teñido de gasoil putrefacto, internacional, hecho un cormorán/vertedero, y a eso esperan los ingleses, sin llevarse la hojalata del Tireless a su propio espacio. Las catástrofes, mejor en España, que para eso está. Nos han metido un supositorio radiactivo por los esfínteres y parece que lo disfrutamos. Ya Federico tomó nota de «las altas torres donde viven los ingleses». Aquel letrero de mi infancia, en las paredes de piedra anciana, estaba anunciando la catástrofe y el estupro contaminado medio siglo antes. Fue mi primera lectura política y de eso he vivido toda la vida.

