Artículos Francisco Umbral

Una niña que llora


En medio del empastelamiento de la última matanza vasca hemos visto la foto del presidente Aznar limpiando con sus manos las lágrimas de la hija de Pedrosa, casi una niña. Ni pañuelo ni recurso a la familia ni cosa alguna. Sólo un hombre joven, con el sentimiento de la paternidad todavía reciente, que repara en el llanto de una hija del muerto. Manos duras de hombre duro, manos que quieren ser sensibles, secando el llanto ciego de una niña rubia. Más allá de los protocolos, más allá de las actitudes y protestas. Eso que tiene de padre todo presidente, si lo es con un mínimo de dignidad. Eso que tiene de padre todo hombre. Todas eran sus hijas en el entierro de Pedrosa. Porque Aznar también tuvo la visita de la muerte muy cerca, es sólo el superviviente de un crimen. Esta niña tiene la muerte en casa, como una piedra negra, como un bulto de llanto, como una mancha para siempre, y de pronto encuentra otro padre en el señor de Madrid, en el hombre de manos cortas y duras, que quiere hacerlas sensitivas para enjugar a una niña, para llevarse en el frío corazón la humedad de unos ojos infantiles que le mirarán siempre desde dentro de su propia conciencia. La niña y el viejo, que es otro niño y le hemos visto crecer a contramano, enmendándose en sus errores, llorando al niño que se le murió dentro cuando a él quisieron abrirle el cuerpo y volarle las cuatro ideas, que hoy son cuarenta o cuatrocientas. No vendo mi pobre columna, que nada vale, ni dimito de mi persona, pero me ha emocionado ese gesto, el único, que va más allá del sentimiento protocolario, que es espontáneo como la caricia a un perro, a un gato, como pasar la mano por el pelo y el trigo de una niña desconocida. No sé si Aznar es buen presidente, pero está claro que es buen hombre. Padre reciente por joven, víctima reciente por «apuntado», Aznar se ha identificado con el llanto de la hija de Pedrosa y las yemas de sus pulgares se han posado un momento en la mejilla tenue y abrasada de la niña, porque el llanto abrasa, y eso lo sabemos quienes todavía, a veces, conseguimos llorar de verdad. Aznar, un señor corriente, consigue aquí la sublimidad de lo corriente, lo que emociona al personal, aunque el primer emocionado era él. ¿Pero es que nadie se ocupa de esta niña que llora por un padre que se ha llevado el río de la vida, luminoso, el río de la muerte, negro de sangre? La sangre de Pedrosa en las lágrimas niñas de su hija, Aznar ha tocado esa sangre en la humedad dulcísima de un llanto casi infantil. Estos gestos «políticos» ya no debieran sorprendernos, y por eso nos sorprende más la foto del presidente y la chica. También Aznar ha logrado mayoría en el alma pequeña de una niña, ah ese instantáneo padre que huele a presidente. Muerte ¿dónde está tu victoria? La amistad del hombre y la niña, la nariz de ella asomando entre los pulgares de él, algo que esta chica ya jamás podrá olvidar. No era un presidente ni su gesto vale como presidencial. Era un hombre que olía a padre y supo atender el llanto de una menor. Muerte ¿dónde están tus duras lágrimas?

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