LOS PLACERES Y LOS DIAS
No voy a hablar de la nueva y prometedora novela de Terenci Moix, que lleva este título, porque no la conozco aún, sino del congreso femenino y feminista de Pekín. Se me ocurre, en principio, que está bien llevar esta gran movida de mujeres a Pekín, porque la mujer es el Oriente del hombre. Es decir, lo exótico, lo desconocido, lo soñado... y lo explotado. La continua convocatoria de los grandes almacenes para que las mujeres compren más y vistan mejor es una especie de agresión sexual del capitalismo a la condición femenina. Aquélla que no tiene buenas reservas mentales o culturales para defenderse, acaba fregando ministerios, innecesariamente, sólo por obtener un plus familiar que luego invertirá en ropa, por no faltar a la cita de la gran industria del trapo. La política la siguen haciendo los hombres, y muy mal, por cierto, mientras a la mujer se le confían ministerios que son como los antiguos roperos de caridad: Asuntos Sociales, premios y becas, esas cosas y menudencias. Carmen Rigalt se me quejaba hace poco del machismo y la misoginia periodística, y esto lo dice ella, que tiene una pluma singular y cotizada, entre la agresión y el lirismo. Pero luego están todas las que se quedan a pie de teletipo o telecosa y jamás acceden a un puesto directivo o creativo. Y esto ocurre en el periodismo, que es una de las profesiones más abiertas y democráticas. El Papa manda a Pekín unos mensajes y toda una política vaticanista que se desacredita de antemano, ya que la Iglesia es la gran discriminadora de la mujer. Todavía no nos ha respondido el Vaticano a aquella afirmación inquietante de los sesenta: «Dios es negra». ¿Por qué en el catolicismo no puede haber curas femeninos, obispas, por qué la mujer no puede tocar la hostia con sus manos impuras? ¿Y por qué son impuras las manos de la mujer? Alguna vez se la ha definido, desde el catolicismo, como «doce veces impura», aludiendo obviamente a la menstruación. Y la menstruación/ovulación la inventó el Dios bizantino del Vaticano para asegurar la perpetuación de la especie, que son almas para el cielo. Cristo defendió de lapidación a la mujer adúltera. Ahora, a la mujer, adúltera o no, ya no se le tiran piedras, sino anuncios flipantes, «viajes» o tientos en el trabajo, se le tiran octavillas para que cambie de olla exprés y piropos cursis y antiguos para que siga contenta con su condición de recipiente sexual. A Divine, la meretriz negra humillada por Hugh Grant mediante dinero, no se la ha redimido, sino que se la ha hundido más en la prostitución para que cuente sus memorias o salga desnuda en Playboy. Divine no ha cambiado de condición ni oficio. Simplemente ha subido la tarifa. Es por donde la ha llevado una sociedad que se escandaliza del pecado masculino y postula la prostitución de la pareja, que encima es negra. Alguien dijo que la hipocresía es el homenaje que el mal rinde a la honradez. No sé si el congreso de Pekín va a arreglar algo de esto, y no porque no crea en la mujer, sino porque no creo en los congresos. Modistos afeminados siguen imponiendo la minifalda, y no porque a ellos los excite especialmente, sino porque la prenda resulta más comercial pensando en el hombre, que al final es quien la va a pagar. No se hace moda para las mujeres libres, sino para las sujetas a un marido millonario y paganini que utiliza a la santa, o a otra, como escaparate de su fortuna macho. Todo esto que digo son tópicos, pero es que la mujer está presa de su propio tópico, del que le han creado, durante siglos, entre los juglares, los esclavistas, los Papas, Bécquer, los cornudos y su jefe de negociado.

