El tonto
Hay dos versiones: que Villalonga ha engañado a Aznar porque es tonto o que Aznar ha engañado a Villalonga, para quitarle luego todos los poderes y todo el dinero. Entre una y otra cosa, yo me quedo con el término medio. Los dos amigos del colegio se han engañado mutuamente, y ahora veremos quién sale ganador. Felipe González habló con Villalonga y, naturalmente, la cosa es buena para el PSOE, ya que deja caer un baldón sobre las elecciones, sobre el impecable partido PP, sobre Aznar, el tonto. Aunque ahora digan que Aznar lo tenía todo calculado, y que con todo ese poder vicario va a gobernar España -lo digital-, la figura exterior de la operación presenta a los grandes economistas del partido como víctimas del monetarismo incruento de Villalonga. Luego está el aspecto popular de la cosa. El gentío, a primera vista, lo que caza es que estamos en un Gobierno de Bancos y que quien va a gobernar, gane quien gane, es la gran Banca. Aznar tiene o necesita argumentos para justificar la jugada (que no conocía en ninguna de sus fases), pero queda como Charlie Brown, perdedor nato de una partida en la que creyó que se iba a llenar de dólares por vía legal, pero no. Aznar, a partir de ahora, también es un perdedor, y se le murió papá -no Schulz sino Franco- para remediar tales perjurios. En plena campaña electoral, como si dijéramos, Aznar da un traspiés de tonto, porque a este gran funcionario le sale a veces una vena de tonto que forma parte de su personalidad, y que antes era la que más revelaba la tele, porque la tele es un cibernético con muy mala leche, y los que la hacen, peor. Casi todos llevamos un tonto dentro, que es el que se enamora de quien no debe, el que dice lo que no debe, el que debe lo que pierde. Una de las grandes tareas del hombre es controlar al tonto. La gran tontería de Voltaire es confesar que vive muy bien, pero quisiera un Estado más justo. Aquí le sale la vanidad, le pierde el tonto. Teniendo a Voltaire como tonto sublime, no debe extrañarle al señor presidente que le opinemos de tonto, después de que Villalonga se ha llevado los pendientes de su madre, sus dientes de marfil y hasta unas bragas viejas de Ana Botella, que habían pasado ya a uso del servicio. La operación es mala en sí. «Cuando febrero no febrerea, marzo marcea», dice el refranero de mi agenda yuppi. A Aznar le ha febrereado febrero con la movida de Villalonga (Carmen/Lola le llama «el hombre de Orce», en el Gijón, y ella es de la cosa). Ahora le toca que marzo marcee, o sea cuando cayó Julio César, tipo Idus, y va a tener unas elecciones mucho más encabronadas de lo que esperaba. El tonto eventual se diferencia del tonto crónico en que este último no aprende nunca. Entre el pacto IU/PSOE y el escándalo Villalonga, a Aznar le coge en tablas un morueco político que se las sabe todas. De eso habría salido en tiempos mi amigo Jaime Ostos, pero Aznar jamás. Este chico es que no se entera. Como diría mi querido Bustarviejo, la derecha no tiene ideas sino intereses. Pues toma ya intereses, tron.

