Artículos Francisco Umbral

Forges


Antonio Fraguas, Forges, nuestro gran Forges, está filosófico últimamente, y sus Blasillos parece que se lo están pensando. No es para menos. Forges, cuando la Santa Transición, creó un humor nuevo, un lenguaje nuevo, y toda una juventud empezó a hablar como él. Forges dibujaba en todas partes, pero mayormente se le leía en Hermano Lobo. Luego, Diario 16 y El Mundo. Forges es un joven progre de pelo blanco que antes iba por la vida con casco de marciano, o sea de motorista, y el casco adquiría en él un aspecto humorístico, como todo lo que hace, no porque Forges practique el payasismo (dedicación genial que consagró Gómez de la Serna), sino porque Forges siempre es joven y todos hemos ido viendo cómo le blanqueaba el pelo día a día, que era como ver nevar. Luego Forges se ha consagrado en este periódico, que es el suyo, sin necesidad de hacer humor político, sino humor sociológico como de coña, que es algo más profundo. Forges no es un clásico, como Mingote, por ejemplo, porque Forges nos rejuvenece todos los días. Forges no remite ni a sí mismo, sino que sólo nos remite al día de hoy. De ahí su lozanía y su renovación constante. Una vez se lo dije: - Tú y yo no andamos ya todo el día por la calle, como hace veinte años. Supongo que el lenguaje nuevo lo tomas de tus hijos. - Exactamente. Precisamente porque no hace humor político, Forges tiene una clara y viva y recta conciencia política. Por eso ha podido hacer los mejores chistes sobre Aznar. Un Aznarín que le sale muy parecido a Franco. Sus Blasillos, sus Blasillas, sus viejas postmodernas, sus funcionarios camastrones, sus matrimonios progres y en crisis, todo eso nos da una sociología nacional mejor que la de cualquier sociólogo. El Forges hamletiano de los últimos tiempos no es sino la conciencia tierna y viva de que algo va a cambiar en España, y lo que viene no le gusta, aunque lo que hay le inquieta (digo yo, no sé, que tampoco me voy a convertir en el Barrionuevo de su intimidad). Pero algo pasa cuando nuestro humorista más jovial se ha puesto triste. Forges, como todos nosotros, está condenado a decir cada día su palabra. Y, la diga donde la diga, su palabra va a estar ya lastrada por el sueño de veinte años, en los que él se ha dado a hacer incluso surrealismo, porque la Historia estaba resuelta. Me temo que, de ahora en adelante, dibuje donde dibuje (que dibuja en todas partes), Forges sacará más Blasillos/Segismundos que provincianos distraídos. Estamos condenados a opinar, Antonio. Un día lo hablaba yo con el maestro Buero Vallejo, explicándole la obligación penosa de opinar todos los días: - Tú lo has elegido. - Qué va. Durante treinta años llevan eligiendo mi opinión. Pues esto mismo le pasa a Forges, nos pasa a unos cuantos escritores y dibujantes de periódico. Ayer hablaba yo aquí del juanluisdemócrata. Cambiar de periódico no significa cambiar de alma, a no ser que seas un chaqueta (que no es el caso). Hay que decir las cosas donde se puede, Fraguas. Y ya casi no se puede. Pero me temo que tus Blasillos, tus viejas aldeanas y postmodernas, tus funcionarios alegres y franquistas, quinieleros y cachondones, van a estar a partir de ahora más tristes bajo la sombra de la sangre, bajo la sombra de la mentira, esa sombra que arroja la verdad judicial. No es un juego de esquinas, Antonio. La pena está en las cuatro esquinas.

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