Artículos Francisco Umbral

Los melones


Los jubilados, los parados, los nacionalistas, los viejos recortables o recortados de pensión, los proletas, todo eso no es nada, sino signo de los tiempos. Aquí lo grave no es que se venga abajo la peseta. Aquí lo grave es cuando se vienen abajo los melones de Villaconejos.

Que es, precisamente, lo que ha pasado tal que ayer en la Plaza Mayor de Madrid, cuando uno o varios camiones de meloneros han empezado a tirar melones al gentío, como si fueran pelotas de rugby, en protesta por la discriminación agrícola que se hace a España en el Mercado Común o como rayos se llame ahora eso. El melón es la moneda fuerte de la economía nacional, el melón es la unidad contable de nuestra riqueza o pobreza (somos un pueblo agrario y Felipe se obstina en entendernos como un pueblo industrial). El melón es a España lo que el dólar a Estados Unidos: una unidad de destino en lo universal, como dijera José Antonio Primo, que tampoco era mal melonero. Tengo una amiga agente de Bolsa que lo primero que pregunta al despertar (a veces hemos despertado juntos), por el radioteléfono, es a cómo está el melón. No le interesan el yen ni la peseta ni la libra. Le interesa el melón, unidad monetaria de España frente al mundo. Y he aquí que el melón está tirado, que lo regalan los meloneros en la Plaza Mayor. La caída del melón es mucho más grave que la caída de la peseta, se lo digo yo y se lo dice mi amiga la financista. Porque la peseta, o sea el dinero, no es más que un concepto, pero un melón es un melón, una cosa concreta, elíptica, sustanciosa y olorosa, a cala y a prueba.

El gentío comprende que vamos mal, no cuando baja la peseta o está tirada, que eso es una abstracción bursátil, sino cuando están tirados los melones. Recuerda uno aquellos veranos con olor a melón y sobaco de sueca, cuando yo hacía mi travesía/trilogía de Madrid, aquellos agostos que eran un campamento madrileño de melones y meloneros. Me decía César que el tenderete de los meloneros, en las noches tórridas y de acetileno, olía a hombre dormido. Me dijo un día maestro Haro Tecglen que, siendo periodista adolescente, describió los melones como «proyectiles vegetales», y algo tienen, efectivamente, de proyectiles del cañón Berta, cuando la guerra del 14. Sólo que Galdós había dicho lo mismo de los garbanzos. El otro día, yendo a la dacha de Fernán-Gómez y Emma, a través del campo, eché de menos los puestos de melones, porque yo, que siempre me pierdo, sé que pasando los melones vive Fernando. Me pareció desolador y sintomático que este año no hubiese meloneros en la carretera. Ahora, con la derrama de melones en la Plaza Mayor, lo comprendo todo. El melón, que ya no lo quieren en Europa, está tan bajo que está tirado. Ahora es cuando entiendo, por fin, que España está en crisis y aljubarrota. Don Felipe González parecía muy partidario de Maastricht y las europas, pero no contaba con los melones. Señor presidente, hágame caso: España no se viene abajo con la peseta ni con Pujol, ni siquiera con la pesete, ni con los proletas ni con HB. España se viene abajo cuando deja pudrir sus melones, por falta de mercado. El melón es la moneda nacional y con un melón en el sobaco vas de único por el mundo entero.

El melón es divisa y pasaporte. Comprendo que todo se le haya ido de las manos, señor presidente, que los tiempos están difíciles en todas partes. Pero el melón tiene un prestigio hispánico, de Lezama Lima a Díaz-Cañabate, el melón es nuestra moneda fuerte y usted no ha debido consentir que se devalúe el melón, nuestra máxima divisa agosteña. Yo, que había creído en usted hasta el final, ahora es cuando principio a desconfiar. ¿Qué presidente es éste, qué andaluz es éste, que deja que se le pudra entre las manos nuestra divisa más internacional, el melón? Lo cual que ayer, en Mayte, me dieron de postre un melón riquísimo.

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