Artículos Francisco Umbral

El AVE


Cerrada la cosa de la Expo, la venta de billetes para el AVE ha descendido casi a la mitad, como nos descubre en su columna de este periódico el admirable Jesús Cacho. Era previsible. El AVE es un tren como ésos que traen los Reyes Magos y que sólo dura la primera semana.

El AVE no sirve para nada y lo sabían. Está orientado hacia una ciudad a la que va poca gente, pero lo grave es que habían encargado otros 16 iguales. Como no soy partidario de criticar jamás al Gobierno ni de asegundarme en el llanto por lo irremediable, se me ocurre, como hombre práctico, aportar soluciones. ¿Para qué puede servir el AVE, que no sirve para nada y nos ha costado carísimo? Propongo que se utilice para hacer excursiones a Sevilla, para llevar y traer gente gratis a un sitio donde la gente no tiene interés en ir. Para que viejen quienes no tienen ningún interés en viajar. Así, las «niñas» de Rosa Conde, o sea las periodistas, que andan muy tarascas y encampanadas con el trato que les da la ministra, podrían ser desagraviadas con una excursión en el AVE, con parada y fonda en todas las estaciones y apeaderos del camino, que es lo divertido. Porque el AVE corre muchísimo, pero lo que menos interesa de este tren es la velocidad. González y Borrell no han caído, hombre, en que para correr ya está el avión, y que quien toma un tren lo hace con espíritu literario, retrospectivo, azoriniano, noventayochista, remolón y paisajista. Lo que a uno le parece mal del AVE no es el precio ni el lujo ni el alarde, sino la rapidez.

Ese supertrén debe volver al viejo ritmo de los ferrocarriles románticos cantados por Quintana o de las locomotoras del Oeste, que siempre sacan la misma en los westerns, y hasta el mismo caballo, como me decía la otra noche Fernando FernánGómez. Ya que el AVE no tiene porvenir como avión terrestre, salvémosle como tren de cercanías, ay tren, trenito tren, con un humo por arriba y por abajo un vaivén, que decían los recitadores de postguerra, como Rafael Duyos. Ese es el único encanto que le queda al tren, o sea el cachondeíto, la dulce tardanza, las fondas del camino, las mantecadas de Astorga y el transbordo en Medina del Campo. Los parados, un suponer, hay que moverlos un poco llevándoles y trayéndoles en el AVE, para que no parezcan parados y se note menos que tenemos tanto paro. Los jubilados y las viudas que ahora quiere exterminar el señor Cuevas, en plan «Portero de noche», agradecerían mucho un viajecito en el AVE para ver Sevilla, que es tan hermosa. Por lo menos, mientras se le pasa el pronto a Cuevas. El AVE debe cambiar de manos femeninas y pilotarlo doña Matilde Fernández, en lugar de Mercé Sala, porque es la que controla marginales, piernas, parias y bolsas de pobreza. Charters gratuitos en el tren de alta velocidad para los señores diputados que no van al Congreso porque es muy aburrido, y tienen razón, con Galeote de revisor. Excursiones para los sindicatos y los sindicalistas, que se vea la buena voluntad de entendimiento del Gobierno. Ya que se les niega el diálogo social, que les lleven un poco de paseo.

Hay mucha España quieta, como ven, mucha España parada, y hay que ser modernos y viajar más, de modo que el Gobierno tiene que agitar un poco al personal a ver si nos quitamos el muermazo nacional, que hasta Yáñez dice que se retira de la política. El AVE no ha nacido para gran expreso europeo, sino para tren de cercanías. 0 para Tren de la Fresa, aquel trenecito finisecular de Aranjuez, del que te podías bajar y subir en marcha, a beber agua o coger fresas, de ahí el nombre. Si quieren amortizar un poco esta formidable, espantosa e inútil máquina, que la dejen en tren lentorro y excursionista. Qué gozada, las «niñas» de la Prensa, los parados, las viudas, los diputados camastrones, los jubilados y los sindicatas, los objetores y los insumisos, todos merendando en Chiclana mientras al AVE le ponen agua. La España real, o sea, y no la de Merimée ni la de Borrell.

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