Artículos Francisco Umbral

Crónica de esa guapa gente


Esto que aquí ofrezco no es sino un álbum familiar, pero de las familias de los otros, de las grandes y pequeñas familias que hoy rigen España mediante el dinero, la influencia, el sexo o el miedo. Después de 35 años de profesión, ocurre que uno se ha retratado con todo el mundo, como una puta cara, desde el Rey a «El Lute».

Este álbum secreto, prohibido, maldito, es lo que puede tener algún interés para ustedes, ya que una imagen sigue valiendo más que mil palabras, incluso en mis libros, y aunque lleve siempre la glosa intencionada (los cursis, hoy, dicen «puntual»), la anécdota cruenta y verídica, la calumnia que siempre deja algo (la verdad) y el chisme metafísico que ilumina como un flash el alma del personaje.

Son, ya digo, 35 años de literatura (aunque éste es un libro mayormente periodístico) y mucha vida social y mucho madrileñismo. A todos mis personajes les adoro y perdono, antes de que me perdonen o condenen ellos a mí, porque son entrañables, porque son humanos, porque son balzaquianos y, sobre todo, porque son reales.

Más reales en mi libro que en su vida.

La Dacha, junio, 1991. 1964. Yo tenía un abrigo de «varios fríos», un abrigo blanco, de pelo, que me había traído de provincias, y que luce ya, en la foto, 'la oscura mancha de la gran ciudad, la huella sucia de haberse/haberme frotado contra todas las esquinas. 1964. Yo hacía reporterismo febril y fabril, era invierno en Madrid y a Marisol aún no le apuntaban los pechos, que luego serían como dos jóvenes y hermosas cosechas.

Me llevaban a un chalet del Viso y allí acudía gente importante, gente del Régimen, a verme desnuda, a mí y a otras niñas.

Esto me lo ha contado después, claro, cuando ya era Pepa Flores, princesa cansada en su galería de perpetuas, ama de barco más que ama de casa (el barco en que vivía con Antonio Gades), madre madraza, mujer/niña, marinera y abandonada. Como la Lolita de Nabokov, «a los doce era una adorable criatura y a los catorce una lamentable anciana». No tanto, pero casi. Es el destino triste de las ninfas.

- A mi madre, cuando venía a verme de Málaga, los Goyanes la ponían a comer en la cocina, con las criadas.

- Sigue con lo del chalet del Viso.

- No me atrevo.

Todos los menoreros de España hemos estado enamorados de Marisol. Fue la musa blanca del franquismo, y también el cisne negro, por episodios como el del chalet de los jefazos y otros. La casaron con Carlos Goyanes, que era como su primo carnal, y se vestía en una modista de encima de mi casa. Por su biografía de ninfa rebelde han pasado dos ángeles machos que la hicieron mujer y comunista: Serrat y Gades.

La última vez que hablé con ella, me lo dijo, abandonada de sí, rabiosa de la vida, con un lírico asco en las palabras:

- Me voy a Cuba con Fidel. Es el único sitio donde se puede vivir.

No sé si a Cuba, pero por aquí no ha vuelto a vérsela. Fue, sí, la novia rubia y distante de todos los yeyés de los sesenta. Yo era un yeyé de los sesenta que tenía un abrigo blanco, de pelo, tiznado de Metro por la gran ciudad, y una pluma de hacer entrevistas a Marisol, a Franco y al lucero del alba en bragas. Marisol era un ángel con rebequita que había llegado del barrio de «Tira y chupa» de Málaga, un rayo de sol financiero que hizo millonario al señor Goyanes. Pepa Flores asesina a Marisol, con el cuchillo de desescamar besugos, en un apartamento oscuro de Capitán Haya, sobre la moqueta color rata. Pepa Flores, madre madastra de Marisol, asesina su adolescencia cursi y vendida sobre la moqueta color abandono, color vacío, color tiempo. Tuve el proyecto de contar la historia del franquismo al hilo de la historia de Marisol, y empezamos el trabajo, pero se asustó pronto. Fue la niña compravendida como una esclava de oro, y contra eso se levanta como una madre terrible, pero a la hora de contar detalles se me acojona.

- Carlos Goyanes.

- A Carlos lo dejé yo.

- ¿Por Serrat?

- Por tu puta madre.

- Antonio Gades.

- Antonio me ha dejado a mí.

Y todo el amor del mar se le sube a los pechos lastrados y vencidos. El hilo de oro de la amistad entre ella y yo y, en los extremos, la primera entrevista de la foto y la última entrevista a la Pepa amarga, a la otra Flores, a la vieja mujer joven y sola: «No me fío de ti, Umbral». Enrique Líster Forján. Militar español nacido en Ameneiro en 1907. Tiene, por tanto, 29 años cuando le coge la contrarrevolución de Franco. He tenido muchas conversaciones con Líster cuando la transición, en aquellos años dorados y rojos en que todo era posible. Esto que doy aquí es un resumen de todo aquello.

- Yo hice mis cursos militares en la URSS, en el 32, que es donde íbamos los intelectuales y los revolucionarios en los años treinta.

- Y nada más volver te coge la guerra.

- Eso.

- ¿Dónde te integras?

- En el Ejército Popular.

- ¿Y qué haces?

-Defender Madrid como comandante del Quinto Regimiento.

Cuando escribo esto, ni siquiera sé si Líster vive o ha muerto ya, en esta gran sacramental que es España. Estuvo al mando de la división que llevó su nombre y del V Cuerpo de Ejército. Llevaba la boina ladeada, la sonrisa ladeada, aprendida en Madrid, y el uniforme impecable.

- Tú has perdido una guerra Líster.

- No hace falta que me lo recuerdes, cabrón.

- ¿Y qué hiciste después de perderla?

- Volver a Moscú. A ver. Qué iba a hacer.

- ¿Y esos papeles?

- Una cosa que estoy escribiendo.

- Unas memorias.

- Algo así.

- ¿Cómo lo vas a llamar? -«Nuestra guerra». - Pienso, Majestad, que el talento se merece un premio, y no sólo el genio.

- Tú dirás, Umbral.

- Digo, Señora, que Salieri era el talento enfrentado al genio de Mozart. ¿Por qué no una reivindicación de Salieri, es decir, del hombre de talento, del trabajador sin suerte? Me parece hasta democrático.

- Has adelgazado mucho y te encuentro más guapo, Francesillo.

-Le decía que Salieri, Señora...

- Que estás guapísimo, Francesillo.

- Sólo la Señora tiene poder para organizar un festival Salieri y reivindicar a todos los talentos sin genio, que son los que hacen un país, y no los Mozart precoces y caprichositos.

- Que te va muy bien el haber adelgazado, Francesillo.

-En Salieri nos sentiríamos rei

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