Artículos Francisco Umbral

Franco, Franco, Franco, a ti te lo debemos


El spanish graffiti fue una de las estelas más brillantes del franquismo y el posfranquismo. Los niños de derechas aprendimos a serlo gracias a las tapias de la calle y los letreros del NO-DO. Aunque encima eran más bonitos los de Barcelona que los de Madrid. Dionisio Ridruejo llega a Barcelona a caballo (a los poetas esenciales hay que ponerles siempre un caballo, aunque no se lo merezcan). Ridruejo descubre el lirismo mediterráneo en esta frase: «Habla la lengua del Imperio». Es una frase abrumadora, de una solemnidad romana que convierte en catedral cualquier parroquia donde se siente uno. En mi provincia no se inventaban cosas tan bonitas, porque no éramos más que visigodos, y encima con un alcalde gallego y novio de una tía mía. En aquella provincia leía yo todas las mañanas esta otra cosa: «Cara al sol con la camisa nueva». Y así empezó mi largo camino a la derecha. Era la tapia de un convento de monjas centenarias, que parecían mucho más monjas. Desde el último piso de su ciudadela echaban una canastilla para el pan y luego había una monja que no tenía nada que hacer sino tirar de la canastilla. Parecía un cuadro medieval y desde luego quedaba todo muy castellano, mayormente con la pintada, como empezó a decirse entonces. Pero un compañero de pupitre bajo la veleta cuadrangular me informó de que aquellas pintadas no las inventaban mis paisanos sino que venían escritas a máquina desde Madrid, o sea desde algún Ministerio, como, por ejemplo «Gibraltar español». Todo esto echó abajo mi formación política y callejera de derechas. Y encima yo no tenía un caballo, como Dionisio Ridruejo, para irme a Barcelona a leer cosas más hermosas, que los mediterráneos dicen que son muy líricos, pero lo que son, según aquel nefasto compañero de pupitre, es muy fenicios y las últimas votaciones, ahora, las ganan siempre los fenicios. Pero la mejor pintada no creía yo que se la hubiera sacado ningún fenicio: «Franco, Franco, Franco, a ti te lo debemos». Nunca supe concretamente qué le debíamos a Franco, si el bacalao del desayuno o la mandarina del almuerzo, pero esto hacía más misteriosa la frase y por ahí, ya digo, empezaría mi largo camino a la derecha, que va a terminar en la izquierda festiva de Zapatero. Años más tarde del bodegón del pan, ahora mismo, o sea, me lo explicó todo Vizcaíno Casas, otro compañero de pupitre que murió confesándome que él cumplía «setenta y trece años». Los españoles han tardado casi medio siglo en comprender esta pintada metafísica según la cual al Dictador le debemos la lengua del Imperio, y no a Maragall, o sea, porque los catalanes vuelven al Liceu para oír la fuerte y antigua lengua de la Caballé, que suena a Imperio, porque Pujol sonaba a tendero de las Ramblas. El presidente Zapatero quiere conseguir que cada uno hable la lengua de su Imperio, como antes la de su barrio. Acabará recibiendo a Tony Blair en La Moncloa para imponerle con una sonrisa y una corbata anglo, elegida por la vice, aquella frase agresiva y hermosa que perfumó nuestra desharrapada infancia: «Gibraltar español».

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