El socialismo
Algo ha ocurrido con el socialismo que parece que se le ha pasado la hora. En España, en Francia, en Alemania, por lo que se refiere a la socialdemocracia. Claro que al capitalismo manchesteriano se le pasó la hora hace mucho, pero ahí sigue.
El socialismo ha pregnado durante mucho tiempo incluso la política de derechas, las políticas conservadoras y liberales, de modo que el proyecto socialista se ha realizado, en parte, y lo ha realizado el capitalismo. Las conquistas laborales y económicas de los trabajadores en los países capitalistas, empezando por Estados Unidos, son socialismo con otro nombre, y la política del dinero nunca hubiera accedido a ellas de no tener enfrente la competencia comunista, antaño, y la competencia socialista, siempre. De modo que el socialismo, o mejor «lo social», ha sido y es el clima de nuestro tiempo, la consigna callada de nuestro mundo. El socialismo se ha convertido en una cosa atmosférica, en un imperativo meteorológico, y lo que ofrecen los partidos de la derecha, Aznar, Giscard, las democracias cristianas, no es sino socialismo asimilado. A lo que no se atreve nadie ya es a prescindir del tono socializante en sus programas. La derecha feudocapitalista, carente de otra ideología que no sea la del beneficio, está guardando un delicado equilibrio entre la obsesión de sus plusvalías y las concesiones sociales necesarias para ganar unas elecciones y, sobre todo, para que la productividad funcione.
La jornada de ocho horas, la semana laboral de cinco días, los límites en las edades laborales, por arriba y por abajo, las vacaciones pagadas, la seguridad social, etc., todo eso es socialismo asimilado por el viejo y nuevo capitalismo. En modo alguno se trata de concesiones graciosas, altruistas, ni siquiera humanitarias, de la derecha.
Sabemos de antiguo cómo se han comportado los dueños de las cosas con el pueblo, desde el señor feudal hasta el empresario de la revolución industrial. Sólo cuando entoñan los socialismos, en el XIX, y empiezan a ganar batallas en nuestro siglo, el mapa social se transforma. No otra cosa que socialismo ha respirado el siglo XX, y lo que hace ahora la derecha mundial, y concretamente la española, es persuadirnos, si lo consigue, de que ellos son mejores administradores de la felicidad de los pobres. Las iniciar tivas de la lucha de clases las ha ido realizando el bando contrario, anticipándose en muchos casos a la política de la izquierda, y esta puede ser una de las razones por las que el socialismo se ha quedado sin programa y el programa de la derecha es falso en cuanto que mimetiza de modo oportunista al enemigo. No creo que otra cosa esté pasando en España sino que el PSOE, que no ha sabido administrar su victoria, deja que el electorado decida el cambio por el cambio, consagrando el voto del azar, como si jugasen al bingo. Los pueblos no tienen memoria crítica y llegan a creer que los gestores políticos del mundo del dinero van a administrarles mejor su pobreza. Lo que puede salir de esta grave experiencia, en todo caso, es una nueva izquierda, forjada en la oposición, que empiece otra vez desde abajo.
Concretando las cosas, nos atreveríamos a decir, casi, que el PSOE necesita esa pasada por la oposición como conato para regenerarse, para la unión de todas las izquierdas, y como denuncia de una vieja política de privilegios que las derechas van a hacer siempre. Hemos perdido la noción de socialismo y eso sólo puede devolvérnoslo un retorno al punto de partida. Las posiciones de hoy son artificiales. Algo no funciona cuando es Aznar quien le pide a González que haga justicia social. Quiere decirse que ambos están representando un papel, o los papeles cambiados. Ya el mero hecho de la incertidumbre electoral estamos viendo que resulta catártico para el Gobierno: Borrell se ha sacado un plan social con billones. Quien se lo ha sacado, naturalmente, es Felipe González, recordando de pronto que él era socialista.

