Democaracia y lenguaje
El debate sobre la «ley Corcuera» nos ha dejado convencidos de que, efectivamente, hace falta una ley de seguridad ciudadana. Semejante cirio, semejante pollo, los insultos de Guerra, los insultos a Guerra, el violento idilio Trillo/Corcuera, los modales del personal parlamentario, a izquierda y derecha, o sea la falta de modales, le parece a uno que hacen urgente esa ley y, sobre todo, su inmediata aplicación sobre y contra el personal político.
Corcuera, ya con la ley aprobada, debe empezar por detener a Guerra, a Trillo, a los que daban patadas y puñetazos en la carpintería, que, eran casi todos. Sólo Celia Villalobos, del PP, que es muy mona y muy bian, se afanaba en poner calma en el partido de los señoritos. A mí Celia Villalobos, que dice que no me lee, es una jai que me gusta mucho, fina y «con mucho cutis», que diría Delibes. Si toda la derechona tuviera tanto cutis, ese fino cutis, yo me haría de Fraga. Pero a quien primero tiene que detener Corcuera (aquello fue la guerra) es a sí mismo. En el Parlamento ha demostrado que es un peligro público, un señor que insulta, ataca verbalmente, amenaza con los geos, se burla de los otros parlamentarios y llama folklóricos a los intelectuales y a Nicolás Redondo, Camacho, Gutiérrez, Sartorius, etc., que estaban en la manifestación del domingo. Si esta ley va contra los gamberros, picados, camellos, zumbadillos, delincuentes callejeros, agresores de palabra y obra, indocumentados, etc., Corcuera se ha manifestado como el primer y más festivo gamberro nacional y como un agresor verbal de mucha catadura.
Además, Corcuera es un indocumentado, aunque lleve DNI, NIF, tarjeta Visa y hasta American Express Platino. Indocumentado en cuanto a desinformado, ya que se refirió en el debate a leyes de países extranjeros que no existen o no son así. Sus señorías, en fin, son todos unos gamberros, a izquierda y derecha, más el gamberrismo periférico de voto interesado, con lo que el debate sobre/contra la ley de Seguridad vino a probar que esta ley es urgente y que la primera redada hay que hacerla en el Parlamento. Casi echa uno de menos aquellas Cortes de Franco, donde los procuradores aplaudían como tales y hasta se llegó a decir en la calle, ante alguna muestra de entusiasmo colectivo: «Aplauden como procuradores». Eran unos señores unánimes como cisnes rubenianos, y encima de chaqueta blanca, como los cisnes, que siempre están haciendo la primera comunión. Ni lo uno ni lo otro. Ni aquellos señores unánimes y anónimos ni estos gamberros finos en la derecha y gamberros que meten la basta en la izquierda. Las Cortes son hoy una bronca de novillada de pueblo, de capea atroz de Gutiérrez Solana, y Felipe González hace bien en no descender al hemiciclo desde el azul católico del cielo de Moncloa, porque le pueden romper la crisma y el carisma de una patada dialéctica. Con unos políticos así, como los que tenemos, que son la representación de todas las Españas, está claro que la «ley Corcuera» es urgente, necesaria, oportuna e incluso insuficiente. Más vara, señor ministro, y empiece por detenerse usted a sí mismo.
Nuestro Parlamento tiene una larga y fina tradición de grandes fablistanes: Castelar, Azaña, Cánovas, Sagasta, Calvo Sotelo, Gil Robles, Prieto, Pemán, etc. La izquierda y la derecha sabían hablar, insultarse con reverencia, acuchillarse con una sonrisa, llamarse cabrones con mucha erudición. Luego, los 40 años de silencio aplausivo que impuso Franco le han quitado a nuestra clase rectora ese don tan político que es la palabra ilustrada y asesina, discretamente canalla. Y hoy la televisión, la especialización, la cultura ágrafa de la informática y la economía como jerga han convertido la Cámara en un congreso de afásicos con mala leche, tartamudos insultantes, tontos profundos, mongólicos atravesados y «dequeístas» periféricos. Una democracia sin lenguaje es menos democracia.

