Artículos Francisco Umbral

Ana -todavía- Belén


ANA, me piden que haga sobre ti una columna. Ana, cuando me piden que sobre ti redacte,el corazón de nuevo, como cansado albatros, se levanta y te canta, sobrevuela tu nombre, no vas a saber nunca, Ana, ni te lo digo, lo que un hombre profundo, hondo de luz y edades, puede amar a una niña de Mesón de Paredes.

Ya todos somos viejos, usados por agosto, vivimos de la usura verde de los recuerdos, y ha llegado el momento, este abril de navíos, de decirte despacio que no te has enterado. Nunca se entera el tigre de que un Borges le ama, nunca se entera el chopo de que Machado mira, la mujer no se entera (ella vive entre clínex) de que un escritor viejo, un periodista lírico, puso toda su vida a una voz por los patios.

Ana ya y todavía, Belén como hondo vino, un alcohol que requema el corazón de abeto, volver a un viejo whisky espeso de metáforas, recordar aquel sueño que me hizo adolescente.

(Nota: Recordar no significa, etimológicamente, sino volver a pasar una cosa por el corazón ).

Por mi corazón viejo, ronco como un navío, por mi corazón fuerte, seguro como un dios, paso tu imagen leve, la estampita que fuiste, paso tu rostro virgen, inconsútiles pechos. Eres todo el presente, como siempre lo fuiste. Los presentes acuden al pajar de tu voz, y tu presente duele como arma de amazona, y tu presente hiere, dulce ballestería.

Adiós, Ana, muchacha, mujer, tiempo con ojos, adiós, hola sonrisa, risa de doble filo. Cómo llenaste, niña, mi mapamundi joven, cómo cargas de nada mi corazón de otro.

Tenue cartografía de mi desnudo pecho cuando escribo estas líneas, caligrafía de Werther, tenue como la brisa, como el dulce argumento que los vientos le ponen a la alegre discordia de nuestra primavera. Si ya lo he dicho todo y he cubierto el espacio, si he purgado mi alma y cumplido un encargo, perdona, Ana, los metros, como la preceptiva, perdona que de ti no sepa hablar en prosa.

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