Artículos Francisco Umbral

El ojo manchego


Hay algo que pudiéramos definir plásticamente como el ojo manchego, por los plurales y singulares artistas que ha dado y da esta reciente y renaciente región, desde la plaza con quiosco hasta la película transexual de Almodóvar. Agustín Úbeda, Ángel Úbeda, Martínez Novillo, Álvaro Delgado, Gutiérrez Solana (por influencia), Paco Arias, Benjamín Palencia, y tantos otros que han convertido La Mancha en un álbum de retratos y paisajes impensables en un artista nacido en esta tierra y sólo tierra que es el derrotero de Madrid. Sin embargo, esto es así e incluso hay pintores que nobilizan su apellido firmándose «Cano García» u otra cosa, como es el caso del artista Canogart o del exquisito y zurbaranesco Cristino de Vera, que tiene alma de no tener cuerpo. De toda esta legión de miradas tenía que nacer alguna visión cinematográfica del paisaje y luego del mundo. Y he aquí que ha nacido. Pedro Almodóvar -y dejémonos de abstracciones- ha aportado esa primera mirada que estaba esperando La Mancha para su realidad múltiple, realidad que no se ha repetido desde Cervantes. Pedro Almodóvar es un artista del cine, un creador absoluto, a quien La Mancha ha dado la versatilidad de los colores, la precisión de las formas y la alegría de la luz. Lo primero que hace falta para escribir buenos sonetos es saber escribir. Lo primero que hace falta para pintar como Almodóvar es saber pintar. Y eso sólo se aprende en La Mancha, cuando el aire se hace voladizo de colores y el tiempo cuaja en acuarelas que ya se quedarán ahí para siempre. Almodóvar podría haber sido un pintor abstracto como sus paisanos, pero estuvo en Madrid y deslumbrado por Madrid cuando descubrió el cine, la precisión y el bulto de un cuerpo de mujer, la iluminación y movilidad de un cuerpo masculino, así Carmen Maura o Marisa Paredes. Madrid era el éxtasis de los cuerpos y el paganismo irónico de las pirámides. Pedro me lo ha dicho recientemente.Madrid nos da la diversidad de la vida, el temblor de la calle, la gracia con que se mueve la multitud sin dejar de ser multitud.Con todo esto se quiere decir que Madrid hay que mirarlo con ojos de paleto, y así lo miró Almodóvar hasta hace poco tiempo, agotando todas las revelaciones de un niño que ve por primera vez el mar. Una segunda etapa de Almodóvar es la que conocemos ahora, y que se divide entre el cosmopolitismo de Barcelona y la vividura honda de su Madrid nada castizo, pero literariamente muy sentido.Una película que seleccionaríamos entre las mejores: ¿Qué he hecho yo para merecer esto?, y no sólo por las virtudes y ventajas del filme sino, mayormente, porque es la obra donde Almodóvar se abre en dos alternando mancheguismo y madrileñismo. Ahora le han dado el Premio Príncipe de Asturias. El jurado acierta con el punto y la madurez exactos de este creador solitario y diferente. ¿Por qué Almodóvar se ha hecho internacional? Porque es lo más español que nos queda en el cine. Sabemos de antiguo que sólo se universaliza aquello que responde a preguntas muy concretas sobre lo inasible o a preguntas inasibles sobre la misteriosa concreción de la luna cuando se abre a la soledad. Eso ya es un buen plano.

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