Los pobres
UNOS miles de pobres de toda España se reúnen hoy en Madrid para que la ciudad y el Gobierno tomen conciencia de que en este socialismo hay pobres, muchos pobres.
La iniciativa está bien, pero uno teme que con los pobres pase como con las putas: que al sindicarse, al entrar en el corporativismo, pierdan su magia, su literatura, dejen de ser para nosotros un tema. Estos pobres, además, se proponen hacer circo y cosas, como si fueran los zíngaros que cruzaban por nuestra infancia. Uno no acaba de saber (aparte problemas de justicia social, en los que no soy sospechoso, me parece) si a los pobres y a las putas (sin comparar y con perdón) les conviene esta oficialización de su vida, de su profesión. La meretriz está para creamos culpa (ante el cura y ante la santa esposa), y el mendigo está para quitarnos culpa mediante la limosna. Esta es su profunda misión social en la sociedad burguesa y usuraria que vivimos. Pero si las meretrices y los mendigos optan por su sindicación, por ser una UGT de la jodienda o la limosna, he aquí que pierden lo que ellos no saben que tienen: la fascinación. A la sociedad capitalburguesa y reprimida le fascina el marginal, el pobre y la puta (algunas marquesas me han pedido que las lleve de incógnito a bares de hurgamanderas). Lo que se paga, en el pobre y en la meretriz, más que el servicio o la mala conciencia, es la marginalidad, el hechizo de un mundo otro, como en el circo. Pero si los pobres se ponen a hacer el circo en Madrid, pierden la gran dignidad de la miseria, lujosa de lepra.
No se si van a ganar en el cambio. Los pobres ya no quieren ser pobres de Mingote , sino oficializarse, sindicarse, que el Estado subvencione la pobreza como subvenciona la literatura, esa otra forma de mendicidad. El Estado, que es una abstracción y no puede tener conciencia, les va a dar poco a los pobres, salvo repartir transistores entre los mendigos/muñón de la Gran Vía. Quiere decirse que los pobres españoles, con los que no ha acabado nuestro socialismo descamisado para nada, no tienen consciencia de su metafísica profunda y su misión social. Lo suyo es curar la mala conciencia de la burguesía mediante la limosna. Los pobres son un servicio público y no un colectivo, como los veterinarios. El Roto hizo recientemente en «El Independiente» un chiste definitivo: el pobre exhibe un cartel que dice «Tengo hambre». Y el buen burgués le replica: «¿De modo que usted también hace poesía social?». La pobreza, pues, sigue siendo lírica para el rico y para el escritor (véase Dickens). Yo no sé si a nuestros hermosísimos pobres, «príncipes mendigos», les conviene perder el aura a cambio de un carnet. Porque resulta que en esta sociedad tan pragmática y monetarista, fanática de las cosas, lo que más se envidia y cotiza es el aura, el carisma, la leyenda, o sea lo inmaterial, ese poder inerme y enigmático que emana misteriosa y naturalmente de algunos individuos o colectivos, como los pobres, las meretrices y los heterodoxos. Hasta González se ha proclamado el otro día «heterodoxo del socialismo». Cuando va a pasar a la Historia como reinona, decide pasar como maudit.
«1992: 500 años de mendicidad en España», es el slogan de los pobres que todo el día de hoy vagabundean por la ciudad y a las seis se reúnen en Sol. Según la Unesco, ocho millones de españoles viven en la indigencia. 60 asociaciones han preparado estas jornadas, lo que significa que se están convirtiendo en los yuppies de la miseria. Pero si hacen teatro callejero, circo, malabares, pingaletas y pregnan Madrid con su estilo de vida y su estética de intemperie, ya sé lo que va a pasar: que esta sociedad frívola y omnívora pronto lanzará la moda pobre, la riqueza pobre, el lujo pobre, el estilo pobre y el teatro pobre, pero esto ya lo inventó Grotowski. Ya no va a poder uno ni ser pobre.

