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EL ARTÍCULO [del día] 01-06-1998, EL MUNDO
La porcelana vacía
Las mitologías de nuestra sociedad conviene no tocarlas. Isabel Preysler era y es una diosa de la elegancia, la distinción, el gran mundo, la buena educación, el internacionalismo y el saber hacer/saber estar. En cuanto le han dado un programa en la tele se ha visto que no. Quiero decir que la reina de la jet es una porcelana vacía. Nos ha enseñado a poner una mesa, elegir un menú, sentar a unos invitados, etc. Pero luego de montado el exquisito escenario de la comedia se ha revelado que no había comedia. La señora de Boyer no tiene nada que decir. Tampoco se le pide que sea Oscar Wilde animando una cena, sino siquiera un poco de simpatía, de complicidad con el público, de amistad, de encanto hacia los demás. Acudo a muchas cenas sociales -demasiadas- y tengo comprobado que la mayor parte de las anfitrionas son así, como la Preysler, son porcelanas vacías, no tienen nada que decir, una vez que te han contado su osteoporosis. Me sé ya todas las osteoporosis del reino, salvo la de la Reina Sofía, que afortunadamente no la padece o al menos sabe hablar de música, viajes, poetas y cosas. Habría que salvar de estas generalidades a algunas damas que ni son porcelanas vacías ni anuncian porcelanosas. Lo primero Sisita Milans de Bosch, la mujer más ingeniosa del todo Madrid, que llega a la autoironía con gran facilidad, y eso sí que es ya wildeanismo. En otra veta de genialidad mundana están Inés Oriol, Giuliana Calvo Sotelo, Marisa Borbón, Esperanza Ridruejo, Cayetana Alba, Tessa Baviera, Beatriz de Orleans, Marina Cela, la condesa de Montarco y poco más. Seguro que me olvido alguna. Pero lo importante es que son pocas y que ya ninguna es adolescente. La adolescencia y la juventud son un perpetuo analfabetismo en varios idiomas. Se me olvidaba Carmen Posadas, que reúne juventud y «conversación». Esta escasez de buenas anfitrionas -aunque echen muy bien de comer- viene a su vez de que en España se educa a las señoritas en manos de las monjas, que nada saben del mundo, de manera que la falta de lenguaje, de ideas, de conversación, de ingenio, de capacidad de respuesta, en fin, viene de madres a hijas. Claro que la señora Preysler/Boyer no es española de nacimiento ni de raza, pero ha sido educada en lo mismo y, puesta a animar un programa de televisión queda patética. Pero puede estar tranquila: casi todas las anfitrionas de verdad que nos reciben a diario son igual de plomas, como decían Tono y Mihura. Lo único que cabe preguntarse es por qué vamos a esas cenas. Pero la paradoja se repite cada noche o tres noches por semana: decorado magnífico, original o clásico, anfitriona vestida sublime. La comedia social va a empezar, pero no hay comedia. Estas grandes mujeres son porcelanas vacías, jarrones sin siquiera eco. No tienen nada que decir, salvo al confesor. Por eso en España no hay «salones». Los salones literarios, políticos, sociales, de París, desde el XVIII hasta la guerra del catorce, eran el nido culto de unas mujeres sabias (aunque las burlase Molière), atractivas, sugestivas, conversadoras, enteradas del mundo y no sólo por su cocinera, literatas, epistolares y un punto esnobs. Oriana Guermantes no existió nunca, pero hubo docenas de Orianas que la hacen realidad. Aquí no tenemos salones como no tenemos un Ateneo vivo ni un teatro boulevardier. La República lo intentó un poco, pero Azaña iba y se aburría. Nuestra porcelana social es loza de pueblo. Lo más movido de nuestra sociedad republicana fue la Bibesco: una extranjera. La Preysler nunca será Oriana ni siquiera Odette o madame Verdurin. Nuestra reina social es una porcelana que se aburre. La tele paga pero no perdona.


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