[ACTUALIDAD]
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EL ARTÍCULO [del día] 10-02-1991, EL MUNDO
Un hombre que habla sólo, en verso
José María Valverde, en aquellos años cincuenta, entre Roma y Barcelona, hacía unos versos cristianos, sociales y tenuamente prosaicos, sujetándose las metáforas, que de todos modos latían en el corazón del poema: torero «disfrazado de naipe». Así, JMV fue, dentro de la poesía social, una variante ética (cristianismo cotidianizado) y estética: prosaísmo siempre redimido por la originalidad y fragancia lírica del autor y, en segundo término, por su secreto entendimiento rilkeano de la poesía. Altísimo lírico ensayado siempre en lo coloquial, y no solo entonces por «consigna» de la época, sino hasta hoy mismo, por renuncia ascética (incluso personalmente, Valverde es como un apóstol del Greco) a los lujos naturales de la poesía, en los que JMV es secretamente millonario. Afán de coloquialismo que le llevaría a veces a su tan estudiado, amado y entendido César Vallejo: «y su jarabe al que esté malo». Pero Valverde, sabiéndolo todo tanto, jamás se deja tentar/arrastrar por nada, y en esas Poesías reunidas encontramos que su purísima trayectoria poética (y humana) se cumple cada día hacia mayor sencillez, claridad, coloquialidad. Este coloquialismo trascendente de JMV (una cosa como socrática) es lo que le hace impar en la poesía y la vida, y lo que le ha permitido llegar a las penúltimas Enseñanzas de la edad sin amanerarse ni manierizarse. Lo que en otros fue moda y política, elementalidad o torpeza, en él era/es una profunda exigencia moral de comunicarse cada vez más a quemarropa (y sin ninguna violencia). Como el que es poeta grande ya no puede salvarse de eso, Valverde, dejando muy atrás aquel valverdismo epigonal y populoso de los cincuenta, es hoy un hombre que habla solo en verso, un poeta que escribe, solo y egregio, su poesía «en prosa». Tan legítima poesía, tan legal escritura esta, como lo blanco, que se lleva siempre, o la carta a la novia, eterna por sobre los estilos literarios, siempre igual a sí misma, duradera, usadera y sin decadencia. Mas no nos engañemos: no hay en JMV ningún ingenuismo silvano. Sólo quien ha cruzado todas las literaturas de todos los siglos sin romperse ni mancharse puede seguir escribiendo, en lineal madurez consagrada, con la infinita y clara sintaxis de lo naturalmente lírico. Poesía que «nació» de una intención moral, metafísica, no necesita hoy explicitar moralidades. Su ética y su sintaxis son una misma cosa, monumental como un vaso de agua.


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