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EL ARTÍCULO [del día] 08-04-1991, EL MUNDO
Cervantes
El otro día era la casa de Bécquer en Sevilla y hoy la de Cervantes en Esquivias (Toledo), que lleva mucho tiempo cerrada y en progresivo deterioro, hasta la amenaza de ruina. Bueno, pues la cosa ésa de Castilla/La Mancha, don José Bono y su consejero de Cultura han dicho que la casa no se encuentra tan mal, hombre, todavía puede aguantar, no se pongan ustedes en lo último. Día a día, casa a casa, se nos van viniendo abajo las casonas ilustres, las ermitas románicas, las catedrales melladas por los siglos, los retablos que compravende el párroco para sustituírlos por una Virgen de plastiqué y neón de la calle Arenal (luego el hermoso jirón de barroco aparece misteriosamente en una tienda de antigüedades). Día a día, año tras año, con cada casa ilustre que se desfonda, con cada campanario que se queda sin cigüeña, es España lo que se desfonda, lo que se hunde, lo que se pierde. Miré los muros de la patria mía. Y por ahí seguido. Ahora que en Puerto Rico hablan de proteger y estimular el castellano, devolvíéndole su rango, aquí, esas autonomías ágrafas que nos hemos sacado se gastan el dinero en jugar a pequeños bajalatos mesetarios o periféricos, con toda la pompa y circunstancia de un Gobierno de verdad, mientras en torno a ellos España se desvencija. Casas de Góngora, Bécquer y Cervantes (la de Lope en Madrid), ermitas con la modesta torre románica perdida y muda, como la hache que le falta a esa palabra: hermita. Y si todo eso no es España ¿a qué coños llamamos España? Cervantes, aquel soldado que sabía escribir seguido y con una mano, paró poco en Esquivias, ni poco ni mucho, digamos que lo justo, paró poco en el matrimonio, paró poco en la vida, nunca se estuvo de quieto en ninguna parte, pero, como escribió la Biblia nacional, cada uno de esos pocos que van tejiendo su vida, cómo una alfombra de nudos, debiéramos cuidarlo, mimarlo, salvarlo, por tener siempre reconstruida la vida del genio, una pequeña gran vida que lleva dentro incluso sus novelas ejemplares, como en el «Quijote». Cuánta pequeña vida, cuánta novela corta, cuánta casa en ruinas (toda casa en ruinas o con goteras es una novela), embutida en la biografía de este hombre irónico y de poca voz, como en su gran libro. Hasta su pretensión de un cargo en Indias, nunca atendida, y que ahora debiera hacerse realidad con el V Centenario. Seguro que Cervantes acudiría a la llamada, después de tres siglos y pico esperando respuesta del silencio administrativo, que ahora se ejerce de nuevo contra su casa de Esquivias, como un nublado mudo de esos bajás autonómicos que bastante tienen con imitar a Felipe González a escala. Los conservadores españoles nunca han conservado nada, salvo sus fincas, pero de los socialistas, de la España de la rabia y de la idea, de la cultura y la república, del socialismo, esperábamos un amor más minucioso a esta civilización de prosistas y cigüeñas, de poetas y palomares en que en definitiva consistimos. España no son unos juegos olímpicos bajo un cielo macroeconómico. España no son los bonsais de Felipe ni los guiones franceses de Semprún. España no es la torre Picasso ni la Casa Común de la izquierda ni de la derecha. España, más sencillamente, es la casa desguazada de Cervantes en Esquivias, de Bécquer en Sevilla, de Lope en Madrid (réplica), pero ocurre que media España se la hemos vendido a los japoneses, otra media a los yanquis, otra media a los moros de Kuwait, y la media que queda es ese caserío disperso y roto, esa aldeanía perdida y genial donde vivieron la media docena de españoles que han hecho este país. Ignorado de aquellos Felipes y este felipismo, Cervantes sonríe y sabe que, rey o roque, España es siempre una mala madre.


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