[ACTUALIDAD]
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[RECIENTES]
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EL ARTÍCULO [del día] 25-05-2002, EL MUNDO
La rebelión de las masas
Ortega teorizó más bien una rebelión pacífica y por eso la huelga obrera o general es un delicado equilibrio entre la violencia latente de las masas y el silencio bíblico de un día sin trabajo, sin ese rumor evangélico de las tareas del hombre que es el fondo gozoso y quieto de la vida. Peor que la huelga es el parloteo político y periodístico que precede al suceso. La huelga tiene algo de la resistencia pacífica de Gandhi y, a veces, la misma eficacia que tuvo el hindú. El hombre que decide no ir al taller o a la oficina, dimitir por un día de la mitad laboral de su vida, que es la más noble, ese hombre es respetable, aunque también se puede decir todo lo contrario: que es un irresponsable. Se trata, en todo caso, de una irresponsabilidad muy calculada. De modo que ahora estamos en libertad de escribir y opinar elucidando si la huelga es buena o mala, pero eso no lo dirán los políticos ni los periodistas, o lo dirán equivocado.La primera y la última palabra la tiene el pueblo. Si el pueblo sigue numerosamente la convocatoria, si el pueblo abunda en las manifestaciones con ese doble abultamiento que da la decisión conjunta, cuando todos se corroboran con todos, si la huelga se logra, en fin, tendremos que decir que ha sido una huelga oportuna, necesaria y justa. Si, por el contrario, las grandes y pequeñas ruedas del trabajo unánime suenan desde la madrugada, por sobre ese esmerilado silencio de los ausentes, de los huelguistas, de los escasos, entonces habremos de concluir que la huelga ha fracasado, que no era buena, que resultó inoportuna, demagógica y anticipada. Quiere decirse que la última palabra, incluso en cuestión de palabras, la tiene siempre el pueblo sin decir palabra. La evidencia de los números, el bulto de la masa, o bien el color matutino de la ausencia, son los datos en que se cifra si una huelga es buena o mala.Del mismo modo, en la guerra, el sentido de la gran batalla sólo se conoce por el resultado. Waterloo fue una buena batalla para los ingleses, y además muy justa, y una mala batalla para los franceses. La Historia se escribe con resultados y no con pronósticos.Si la huelga se consuma plenamente, habrá sido una hermosa huelga para el mundo del trabajo, que no siempre las desea. Si, por el contrario, este paro de 24 horas resulta flojón y cansino, habrá sido una falsa huelga para José María Aznar y, en cualquier caso, los filósofos de estas cosas ya pueden hablar y escribir, teorizar a toro pasado. Lo que venimos haciendo estos días es filosofía política de periódico.La verdadera naturaleza, buena o mala, de la huelga, la deciden los huelguistas sin pronunciar palabra. Ahí está el proletariado como personaje de la Historia, eso que algunos aún no han acabado de creer. Porque así se escribe la Historia, a posteriori. Los intelectuales tienen la palabra y la idea, pero las masas tienen su presencia o su ausencia, que son hechos cósmicos y generalmente justos. Las mismas personas que le dieron diez millones de votos a González se los pasarían luego a Aznar, y en ambos casos obraban con justicia. Ante un bloque de realidad como puede ser una batalla, una manifestación o una huelga, el intelectual debiera callar.El pueblo acierta por instinto de la verdad. Y encima trabaja.


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