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EL ARTÍCULO [del día] 29-07-1996, EL MUNDO
Electa María Victoria, en el frondor
Aquel verano, aquel amor Francisco Umbral se pone fantástico y pasea de la mano de Electa María Victoria por un gran parque lleno de grutas. El autor de «Capital del dolor», Premio Príncipe de Asturias de las Letras, cambia de registro y narra un amor infantil que crece entre cisnes, lagos y frondosas copas de árboles. . Vimos gruesas serpientes dibujar su pregunta Vicente Aleixandre . La niña Electa María Victoria era esbelta, pelirroja, caripecosa, algo fantástica y un poco asquerosita (que no le gustaba la nata de la leche y cosas así). Debía andar como por la menarquia, palabra que yo no conocía entonces (a ver, no la explicaban en geografía ni en nada) y que quiere decir primera menstruación, a mí no me daba miedo la sangre femenina, no me ha dado nunca, ni asco, pero nunca le pude ver la sangre azul a Electa María Victoria, ni roja ni nada, pero supongo que azul por la alteza del nombre: nunca le pregunté los apellidos, a lo mejor no tenía. Nos encontramos un día en el Frondor, en la copa de una acacia, comiendo gatillos, que saben dulces en la boca y amargos en el estómago, desde entonces los besos de una chica siempre han tenido para mí sabor de gatillos, sabor de verano, aunque sea invierno, aquel perfume antiguo, educado y salvaje del Frondor, para Baudelaire la música era el perfume, el perfume era la música de las cosas, pero todavía no había leído yo a Baudelaire, que en el colegio llevábamos el francés un poco atrasado, al fin y al cabo era una lengua de rojos, como decía don Gonzalo, el maestro. También yo andaba por la menarquia, sólo que en hombre, bueno, que abusaba de la carne, según el confesor, padre Agustín, pero sólo un poco, abusaba de la carne, pero de la mía y. -Chico ¿tú eres de aquí del Frondor? -Bueno, un poco, sólo que soy nuevo, es que no vivo cerca, como tú. -Pues tienes que conocer bien el lago grande, el lago pequeño, los cisnes que leen, la gruta grande, la gruta pequeña, los pavos reales del obispo, que se han venido a vivir aquí, porque son luteranos, fíjate qué palabra más fea, tú no serás luterano, y la serpiente Marlene, que es amiga mía y hablamos, verás como hablamos. Yo tenía que comerle los gatillos en la boca a Electa María Victoria. Cuando se acabaron todos los gatillos de la gran acacia teníamos un entripado y yo propuse subirnos a otra acacia para seguir comiendo, pero Electa María Victoria dijo que era igual, que podíamos arreglarnos: -Es igual, podemos arreglarnos, tonto. Y en lugar de los gatillos nos comíamos las bocas. Era la zona de los abetos azules y en lo alto de un abeto había un pavo real de los que se le habían escapado al señor Archiarzobispal, el pavo decía su palabra fea como un pecado o pegaba un grito raro y largo: -Es la hembra, que está llamando al macho. Luego el pavo o pava abrió su abanico, su hermosa cola colgada de ojos azules y verdes y morados, haciendo la ronda. -¿Es la hembra? -No, es el macho. -Pues con esas galas, debe ser un poco marica -dije yo. -No entiendes nada, Francesillo, pero vamos a ser amigos, eres ya mi amigo. Ven. De copa en copa de árbol llegamos hasta el lago grande, el de los cisnes. De vez en cuando, Electa María Victoria se paraba en la copa de un árbol y me enseñaba sus muslos blanquísimos y también pecosos, como ese pastel que lleva pasas, no me acuerdo ahora. Electa María Victoria llevaba bragas rosa, a juego con su pelo rojo, pero no me dejaba acercar y sólo me besaba en la boca con su beso cuajado de gatillos. Nos tiramos al suelo para hablar con los cisnes. Electa María Victoria sacó del grande y único bolsillo de su falda organdí un pequeño libro de don Baltasar Gracián, un señor que era muy difícil, el cisne leía una página y se quedaba mirando a Electa para que pasase la hoja y seguir leyendo. Era el cisne grande, con el cuello grueso y musical, con el cuerpo de violín emplumado. Y recordé en silencio una frase que me sabía: «Los cisnes son de la raza de los patos, pero son cisnes». Así era yo, de la raza de los patos, pero el amor de aquella niña -¿amor?- me había hecho cisne. La lucha de clases, o sea. Cuando el cisne, que no tenía nombre, se cansó de leer a Gracián, yo propuse darle barquillos, que era lo de toda la vida. -Qué chico más raro eres, Francesillo. Seguro que tú eres de los que vienen aquí por la noche a estrangular patos, como los rojos, para luego asarlos. Ahora salen con que tienen hambre. Pues que no hubieran perdido la guerra, no te jode. . La palabra «jode», aquel pecado espantoso, en la boca espumosa, riente y autoritaria de Electa María Victoria, me asustó un poco, pero sobre todo me puso en postura de erección, siempre me ha gustado que las mujeres digan pecados, y más una niña tan pura. Aprovechando que el cisne se había retirado, Electa se puso a orinar en cuclillas bajo un abeto azul: -Puedes mirar, Francesillo. Pese a tener la menarquia (haberla tenido), aún no tenía vello en el pubis, de modo que me gustó mucho su huchita orinante, blanca, una huchita de mazapán y pan de hostia, y la orina le olía a primera comunión y meada de burra de mi pueblo, hasta que empezaron a salirle de la huchita flores de la acacia, o sea gatillos, que perfumaban como le hubiera gustado a Baudelaire, más interesante para mí que don Baltasar Gracián, lectura preferida de los cisnes ilustrados, que los patos (el proletariado de los cisnes) ya se sabe que son analfabetos. -Y ahora vamos a la Gruta Grande a que te presente a la serpiente y veas cómo hablo con ella y me cuenta todos los rojos que han fusilado aquí anoche, para decir luego en el periódico que se los ha comido la serpiente. -¿Entonces esto es la guerra civil? -Esto es Alicia en el país de la maravillas, imbécil. -Siempre he soñado con pecar con Alicia. -Los pobres es que lo queréis todo. Alicia soy yo. La serpiente estaba en lo más grutesco de la gruta. La serpiente se alzó al oír la voz de Electa María Victoria. La serpiente Marlene devoraba de noche los pavos reales insurrectos del señor Archiarzobispal (pavos reales insurrectos porque no querían ser reales, sino pavos republicanos), pero luego iba Popeye, el guarda del Frondor, a castigar a la serpiente Marlene, con la garrota, y la serpiente Marlene le ofrecía la manzana del Paraíso y el guarda Popeye huía tapándose sus vergüenzas con hoja de parra, aunque en el Frondor había pocas, porque la serpiente le había dejado en bolas como Adán, un Adán con un ojo revirado y una pipa, de ahí lo de Popeye. La serpiente se alzó musicalmente dibujando la figura de un signo de interrogación como los que usábamos en la pizarra del colegio, y esto fue mi asombro y ambrosía. -Mira, serpiente Marlene, éste es mi novio Francesillo. Yo soy suya y él es mío. Quiero que le conozcas para que no te lo comas, como no me comes a mí, porque es mi amor eterno esta semana. -Tranquila, niña Electa María Victoria, que tu Francesillo es espigadito y rubio. Cuidaré de él cuando le persiga el malvado Popeye. Y así siguieron un largo párrafo las dos amigas. La serpiente era gorda, verde, gimnástica, circense y hermosa, pero su voz le salía oscura y falsa, hasta que descubrí truco de ventriloquía en Electa, que hacía ella su voz y la de Marlene mientras hipnotizaba al hermoso reptil. Electa y yo fornicamos muy santamente, aquel verano, por las copas del Frondor, pero volví en otoño, haciendo novillos en el colegio. Los pavos reales habían sido recapturados todos por el Archiarzobispal de la Cruzada, los cisnes murieron de tanto leer a Gracián, que no es autor para animales (ellos siempre han leído a Rubén Darío), las hojas secas eran guantes del viento, como me dijera el pintor Viola, Greco del abstracto, y la serpiente Marlene, cantada por Vicente Aleixandre, muerta de vieja, se la llevó Popeye, el guarda falangista, como alfombra de su piso. De Electa María Victoria, ni noticia. Era jesuitina y salía con cadetes ecuestres de la Academia. Fue cuando me hice novio de una chalequera bizca y empecé a emborracharme de sifón, para olvidar.


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