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EL ARTÍCULO [del día] 03-01-2003, EL MUNDO
Una víctima
Tenía la cueva vuelta del revés, los víveres en la fachada de roca y el arte, su arte, escondido en su mundo interior de piedra y soledad. Le llamaban Man, que significa «hombre» pero que también es la primera sílaba de su filiación completa, Manfred Gnadinger.Tenía algo de Cristo germano y algo de bañista viejo. Era alto, alemán y barbado. Se había convertido en una astilla humana del mar. Era el crucifijo natatorio de la Costa de la Muerte. Tenía 43 años y había nacido en Dresde. Seguía hablando español en infinitivo, como los pieles rojas y los turistas torpes. Man era artista o más bien coleccionista de las minucias que le traía el mar: una espina delicada, una piedra esculpida por la paciencia del viento, una vértebra de cetáceo, un esqueleto de burro y otras entrañables miserias con las que había construido su domesticidad de solterón, pues Man era soltero de una maestrita del pueblo que no le quiso de amores allá por los felices 60. El pueblo es Camelle, un pueblo de pescadores y guardias civiles.Man, después del desavío amoroso, se hizo pescador solitario del mar, este mar bravío y limpio que él ha pisado tantos años -nunca usó zapatos- y últimamente pisaba sobre el fuel negro que le ponía sandalias de monje de las abadías del mar a sus pies esbeltos que empezaban a hincharse. A Man lo encontraron muerto en su cueva, la otra mañana, vencido por la tizona o el tizón del mar, muerto de tanta salud y caído, como los dioses, en la lucha del hombre contra los elementos, que es una lucha mitológica hoy repetida kafkianamente en la lucha del hombre contra las instituciones. Cuando ese primer desamor de los 60, todos debimos retirarnos a una roca, a una orilla, a una soledad, a un paraíso picudo de peces y cormoranes, porque eso ya no se repite, dos veces no pasa el amor, como dijo Machado, y si todas duelen, horas conceptistas, la primera mata. En Camelle la gente, a Man le tenía amistad. Lo que no sabemos es cómo llegó este alemán a España ni por qué se quedó en la orilla galaica de la muerte, en el extremo del mundo. Esculpía las piedras en el hormigón de Camelle, era el último prehistórico, sólo que en romántico, y el Romanticismo es una cosa que tardaría muchos siglos en elaborarse. El vertido del Prestige había puesto un vernisage de muerte en las obras de Manfred. El desengaño amoroso apartó a Man de la misa dominical, de los zapatos elegantes y de las buenas costumbres. Nadie se repone de ese desengaño y da igual salir todas las mañanas a tomarle el pulso al mar que salir a la oficina para cobrar un sueldecito.El mar del abandono, con sus oleadas de celos, va por dentro.Man nadaba mucho, era vegetariano y no iba al médico. El hidrocarburo arrasó su casa/museo. Man explicaba la tragedia con los verbos españoles en infinitivo, como ya hemos dicho. Decía que no hay que limpiar nada sino dejarlo todo negro como un amargo testimonio.Este panteísta ascético había perdido de pronto la fe en el hombre y su desamor por los mares y los peces. No sé si dormía sobre una balsa de la orilla o él era la balsa. Man, la única víctima humana del Prestige, parece un caso excepcional, pero todos llevamos dentro a ese romántico primitivo que un día, tras mirar el mar, entra en su cueva natural, se despoja de sí mismo y se deja morir.Todo desamor es un naufragio y mana interminablemente como el fuel del corazón.


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