[ACTUALIDAD]
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[RECIENTES]
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Como colofón a la exposición “Francisco Umbral, libro a libro” que se está celebrando en la UAM, en la Sala de ...
Con motivo de la exposición “Francisco Umbral, libro a libro” que se está celebrando en la UAM, en la Sala de ...
EL ARTÍCULO [del día] 18-05-2005, EL MUNDO
El pequeño filósofo
El maestro Azorín escribió su libro sobre el «pequeño filósofo», donde nos enseña, primordialmente, que filósofo, grande o pequeño, es el que se para a mirar las cosas, a pensar sobre ellas, a dejar que le influyan silenciosamente con su efluvio de pequeños planetas. Desde Descartes sabemos que la primera condición de la filosofía es ese fluido demorado y recíproco entre la mirada y lo que se le ofrece. En estos días, los estudiantes de Humanidades, y concretamente de Filosofía, en Madrid, se vienen manifestando contra «un país de tontos», y propugnando el consejo kantiano de «atreverse a pensar». Hoy, cuando se denuncia masiva e innecesariamente la estolidez de la juventud, su empanada de sexo y deporte, de violencia e ignorancia, resulta muy consolador que una minoría estudiante y estudiosa saque la pancarta por la cultura, por el pensamiento, por el humanismo o, sencillamente, por la inteligencia. A estas pancartas, que sólo han merecido alguna foto sin apenas noticia, sólo les falta la rúbrica de los Bardem, pero todo es cuestión de pedírsela. La verdad es que en todo adolescente hay un pequeño filósofo, como lo había en Azorín antes de la prosa purísima y del paraguas rojo. Nos incitaba un pensador post/98, el poeta Juan Ramón Jiménez, a decantarnos por «la inmensa minoría» y a trabajar «por la minoría, siempre». Esa minoría que parece puramente poética, ocurre que es realísima, inmediata, eterna, y ahora se agavilla en unos cuantos manifestantes de la Ciudad Universitaria, de las aulas de Filosofía. Ni la ministra de la cosa, ni los ministros ni nadie tienen derecho a ignorar a este gavillamen de mocedades que en la Universidad busca la Universalidad, y no un empleo o una «preparación», como denunciábamos aquí el otro día. Antes de que comience a operar sobre el mundo, el joven necesita pensar ese mundo, hacerse soluble en él, apropiárselo. Y ahí es donde encontramos al humanista de la vida, de las cosas, de las pequeñas y grandes tareas. Un hombre que no sólo actúa en lo suyo sino que considera lo de los demás. No es un funcionario del tiempo sino un interlocutor de todo lo que hay en el tiempo. Uno todavía conoció a los últimos y grandes pensadores europeos, occidentales. Hicimos nuestro bachillerato apócrifo con Sartre y André Gide, pero luego ha venido esa juventud prefabricada que alguien encaja ya de antemano en la burocracia del Estado o en la eficacia del dinero y su varieté matutina en el teatro de la Bolsa. Todavía creíamos en Ortega, que ahora va a ser reeditado en la totalidad de su obra ambiciosa y numerosa. Después de nosotros han venido los que ya no saben nada de Ortega y han cambiado el francés de Sartre por el inglés brutal del rock, que recientemente he vuelto a ver en un teatro madrileño, como creo haber contado aquí. Venturosamente, tenemos filósofos útiles y pragmáticos como José Antonio Marina y ensayistas enteradísimos e irónicos como Vicente Verdú y Félix de Azúa. He aquí la inmensa minoría actual en la que los pequeños filósofos de pancarta quieren integrarse. Son los nietos de Azorín y los bastardos de Sartre. Vuelve, pues, contra la ministra, el pequeño filósofo que hay, como hemos dicho, en todo adolescente, antes de su incandescencia en el fútbol caliente de Vallecas y el Rayo.


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