Premio Francisco Umbral al Libro del Año 2015

Ayer lunes 9 de mayo de marzo tuvo lugar en la Real Casa de Correos el acto de entrega del Premio Francisco Umbral al Libro del Año 2015 a J.M. Caballero Bonald, por su libro Desaprendizajes. El premio, que está dotado con 12.000 € y una escultura de Alberto Corazón, fue entregado por la Presidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes, España Suárez, presidenta de la Fundación Francisco Umbral, y el el ...
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EL ARTÍCULO [del día] 09-12-1992, EL MUNDO
Caín y Abel
Hans Magnus Enzensberger, en su último ensayo, remonta el problema de la xenofobia a Caín y Abel. Caín era labrador y Abel era pastor. Aquel fratricidio sería así, el primer conflicto entre rancheros y ovejeros, algo parecido a un western. Angel Fernández Santos ha estudiado los elementos bíblicos del western, que son muchos. Los hombres, pues, no nos dividimos en buenos y malos, ricos y pobres, tontos y listos, socialistas y populares, sino en pastores y ovejeros, fundamentalmente. La actual xenofobia que recorre el mundo es una agresión de los rancheros, hombres estables, dueños de la tierra, que se sienten agredidos por el paso errático de los ovejeros, esos pastores negros o cobrizos que ya sólo se pastorean a sí mismos o a un rebaño de niños y mujeres. Caín era el buen burgués y por eso mató a Abel, que siempre andaba por en medio, con su ganado pastando aquí y allá. Los rancheros, los agricultores de nuestra parcela a plazos, los buenos burgueses, nos hemos vuelto muy camastrones y en la inmobiliaria nos venden hasta la parcela de cielo que queda sobre nuestras cabezas, poco más que una claraboya. Vivimos en un mundo de terratenientes, de propietarios de las cosas que se están quietas, pero hay otra raza, otras razas, erráticas y desnudas, que recorren el mundo buscando un sitio para triscar un poco (son la cabra de sí mismos, la cabra interior). Civilizaciones nómadas, fantasmales y desposeídas, como las del poeta Saint-John Perse, que se refugian hoy todas, en torno a una vela, en las ruinas de Four Roses. «Las razas del talón amarillo». Moros, negros, polisarios, dominicanos, marroquíes, polacos, filipinos. Los hijos plurales y cromáticos de Abel, como una primavera humana y agostada, a quienes la raza de los propietarios ha dejado sin pastos, sin territorio, sin fe ni yerba de ayer secándose al sol. Hasta que se instalan, humildes, a la sombra de un perro dormido, perro de presa de los ricos, y la quijada de Caín vuelve a caer sobre ellos y mata a Lucrecia Pérez. Todos hemos sido abeles itinerantes en nuestra juventud, precedidos del pálido rebaño de nuestras ilusiones, por las ciudades, los países, las costumbres, los jardines, los colores y los paisajes humanos. Luego, con los años, uno se vuelve un poco cainita, se arregosta, marca su terreno, tiende sus lindes, compra una parcela del universo, que no es de nadie, y siempre tiene una quijada/parabellum a mano para disparar sobre los que han llegado tarde, sobre los últimos, los retardados, los desposeídos, los débiles, los fantasmales hijos de Abel. También en el Lejano Oeste, el que llegaba diez minutos antes se sentía dueño del mundo y consideraba forastero e indeseable al que había llegado diez minutos después. Esto no es una nueva lectura del racismo, pero sí una constatación de que el racismo tiene un fondo económico, de poder y posesión, como todo, desde la Biblia y desde Marx, esa otra Biblia. El nuevo catecismo del señor Wojtyla es el viejo código civil/penal de la Iglesia por el que se vuelve a consagrar la propiedad y a legitimar el homicidio. Un libro que leerán mucho los que tienen regadíos. El catecismo se fundamenta en la antigüedad, ha dicho más o menos el Papa, y la antigüedad ya sabemos que fue cainita. Mientras los Gobiernos se plantean siquiera formalmente la lucha contra la xenofobia, el Vaticano refuerza los derechos de los dueños de las cosas con un texto conservador, retrógrado, regresivo. La Teología de la Liberación no es sino la mística de los cabreros sin cabras y los emigrantes sin patera. Pero ahora se impone de nuevo la vieja teología tomista, que el propio Santo Tomás desdeñó a última hora como «paja». El diálogo Norte/Sur sigue en pie y con una quijada de burro en alto. El que esgrime la quijada es el dueño de los burros.


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