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EL ARTÍCULO [del día] 16-06-2006, EL MUNDO
Borges
A Jorge Luis Borges, que no le dieron nunca el Nobel, le han agasajado ahora, tantos años muerto, como el Maradona de la literatura argentina. Porque el fútbol consiste, mayormente, en pasarse la vida escribiendo, leyendo, aprendiendo, enseñando, creando, para que después de muerto te pongan cualquier nombre de futbolista argentino. En estos días, allá en Buenos Aires, le han halagado con la comparación: «Fue el Maradona de la literatura argentina». No sé, no estoy muy en el tema, pero tengo que consultarlo con mi colegui David Gistau, que hizo por su cuenta la carrera de argentinismos. Antes de hablar con Gistau ya me imagino lo que es eso. A nivel de la calle Corrientes un futbolista embrutecido, dotado de torpona agilidad y de desfachatado estilo, es nombrado el Maradona de lo suyo, que es lo de muchos millones de americanos y muchos domingos resueltos a patadas. Eso es el periodismo, eso es la literatura, eso es el fútbol y eso es Jorge Luis Borges. La chinita, que era algo así como su sombra oriental, caerá como otra sombra sin sol al saber de qué ha valido su larga tarea de amor y pedagogía al costado vivo o muerto de Borges, que era un costado délfico con naturaleza humana y hoy es un libro usado de Moyano que te lo venden barato, como si Borges no hubiera sabido ponerle precio a las cosas, su precio natural, acertado y elocuente. Mis buenos amigos los portugueses me perdonarán si escribo que Fernando Pessoa es el Borges portugués, pero nunca el Maradona argentino. Lo que tienen los pueblos jóvenes es que no saben valorar las cosas ni vender a sus genios. A estas alturas de la muerte de Borges se le quiere recordar, se le quiere enlucir, venerar y revalorizar, pero nada de eso le hace falta al inmenso y recatado Borges. Lo que haya que hacer que lo haga la chinita, que ya tuvo el detalle, como él quería, de enterrarle en un espejo, de reflejarle en un lago intemporal. Aquí en Madrid, Barnatán y yo nos tomaremos un café llorando en el Gijón, o bien un mate, que a ellos les sabe más rioplatense con el sabor concentrado como en un cuento del maestro. Que don Jorge Luis era un cucanda, que tenía mucho cuento además de los que escribió. Todo eso ya lo sabíamos y por tales razones estamos aquí quitándole la silla a Maradona, al que no valió de mucho el dopaje para meter un gol sin imaginación. Al mismo tiempo que aquí concelebrábamos a Borges y Rocío Jurado en la Almudena, una catedral o cementerio vestido de primera comunión, al mismo tiempo, digo, en Buenos Aires no celebraban nada porque su gran fútbol se ha quitado del vicio y su gran literatura vuelve a sonar a tango enfermo cuando Borges había conseguido que el tango sonase a literatura. Entre Borges y Buenos Aires hicieron una Argentina que era una Francia de primor o una España de domingo. Cuando hay pueblo, cuando hay patria, cuando hay calle Corrientes, basta con un hombre, un café y un artículo pendiente para ir haciendo patria, creciendo patria, hasta tener una cosa así como Buenos Aires, pero en provinciano. Y también entrañable. O sea, Barcelona.


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