La gaviota
El marmóreo suflé del palacio Juan Carlos I. Escaleras automáticas de una verticalidad ordenancista. Profundas superficies blancas donde se refleja la nada. Es la asepsia rindiéndose culto a sí misma en un palacio entre panteónico y sobrante. Multitudes del PP, cansinos bancos de sardinas congresuales, humanidades que van y vienen, entre la excesiva burocracia y la burocracia como único destino. Todo queda como ocioso, holgado y monumentalmente provinciano, viniendo de la tarde fuerte y clara, llena de sol y viento. En algún galpón de mármol o iglú de tedio, un político virtual echa un discurso virtual por unos medios virtuales a unos auditorios virtuales que pasean y desoyen. Tarde de congreso con algo de tarde de toros en el puro de los recién llegados y el saludo cansino y entusiasta de estas clases medias bajo el sopor acondicionado del lugar. Los fotógrafos y las televisiones se sorprenden de verme aquí. Los congresistas lo disimulan mejor. Javier Pradera, Carmen Rigalt, Amalia Sánchez Sampedro, Antonio Casado, Raúl Heras, Celia Villalobos, José María Stampa. Uno que ganó el Adonais cuando yo gané el Nadal. El político virtual ha sido sustituido en la pantalla virtual por otro político virtual, ante la indiferencia satisfecha de este público virtual de tarde de viernes feriada. Enfrente está FITUR. Algunos se cruzan a ver. Stampa me dice que no ha salido guapo en la foto de la credencial (éstos dicen «acreditación», como también lo decía el PSOE, pero los españolistas debieran estar más obligados a cuidar el español). ¿Y la gaviota? Aunque hace una tarde de galerna soleada, no se ha visto en ningún momento cruzar la gaviota del PP por los cielos altísimos del Congreso. Es una paloma virtual de mares virtuales. Ya no se hace política en los congresos (los americanos tampoco). Se hace masificación, gentío, molturación de unos con otros, desvertebración de las masas que fueron rebeldes. Media España o más ha encontrado lo suyo, un ideal de pereza, con ideas simples y claras que no pesan en el bolso de Loewe. Aquí se ven tectónicamente los ocho años del mandato de Aznar, se toca el tiempo, se palpa al gentío, se pega uno un baño de españolismo aburrido, satisfecho, mediocre, a punto de la horteridad, multitudes barzoneando en torno a la consagración prevista de un líder que tiene toda la fuerza de su identificación absoluta con lo que quiere la gente, desde la paloma virtual al cocodrilo del niki. Esa identificación se vio el otro día en la cita con los intelectuales: folklóricas y teleasiduos. Pero la tarde tiene argumento, aunque no lo parezca. La tarde es un viernes santo en que va a morir un Cristo asturiano de simpatía y exceso, un hombre que se salía de los proyectos del César (ya se lo llama a sí mismo, me ha cogido en seguida la palabra, gracias por el telegrama). Antonio Casado y luego Raúl Heras me dicen que Alvarez Cascos hablará más tarde, siempre más tarde. «Va con media hora de retraso». ¿Quién va? ¿El, el Congreso, el partido, la crucifixión?. Toda esta ciudad del PP que ahora se sienta a comer pastelillos, ocupando de nuevo el reino de crema de sus cafeterías, Embassy de clase media, espera con fingida indiferencia, con falsa pereza, la ejecución de un hombre, la lapidación de uno que no es más ni menos que ellos, pero aquí hace falta un mártir, como en Manganeses de la Polvorosa, y hacia las siete de la tarde van a tirar una cabra desde la torre de marfil. Entre tanto orador virtual, sólo la crucifixión de Paco Alvarez Cascos, a la puesta del sol, va teniendo algo de pálida realidad, de ingenua sangre, mientras él pronuncia sus siete palabras. Este era el secreto de la tarde, en miles de pechos, éste era el juramento callado en el corazón unánime de la multitud. Hoy muere Alvarez Cascos y el domingo resucita José María Aznar. La derecha se sabe muy bien el catecismo. Estos congresos que reúnen a media España tienen algo fascistoide, involuntario, esa tendencia americana a confundir la democracia con la estadística y la voluntad del pueblo con el domingo del pueblo. No hay demasiadas chicas de Serrano, pero tampoco hay parias de la tierra. A la famélica legión la tienen cavándole las viñas al señorito. Suena una música que perfuma como un nenuco político, que suaviza como un gel pop. Abrazo a mi querido Juan Van-Halen. Todos los grandes partidos han transformado la democracia en un paseo dominical de las multitudes. Las masas rebeldes que asustaban a Ortega, las apacientan Aznar o Felipe y las marean de pop hasta hacerles olvidar lo que pedían al principio, hace tanto tiempo y tanta sangre. No hay partido en España que se sostenga sin las inmensas clases medias. El PP le está robando las clases medias al PSOE. O quizá sean otras. Pero el guión de los Congresos es siempre el mismo: sesión de telepatía virtual con elocuentes de provincias que dicen «liderar». Quema en la hoguera de un hereje delibiano, para educada satisfacción de esa Polvorosa que es España. Y al tercer día, resurreción del líder, más carismático si cabe, ungido bajo el beneficio de la sangre, la autoridad, la soledad (que es su serpiente egipcia) y la victoria sobre el tiempo: ponerse plazo a sí mismo. Los socialistas no lo hubieran hecho mejor.

