Valéry Giscard `la nuit'
Allá en la adolescencia cruel, cuando éramos afrancesados de oído, teníamos dos lemas que aireábamos toda la noche: «La carne es triste y he leído todos los libros», de Mallarmé, y este otro: «Viva Giscard la nuit». El presidente de Francia era entonces para nosotros, con más instinto poético que político, el emperador de todas las fragancias que no acababan de llegar a España, el dueño gentil de la noche francesa, el príncipe de los poetas, los políticos libres y las cantantes como Edith Piaf. Ya digo que, más poéticos que políticos, no nos deteníamos a examinar eso del liberalismo ilustrado ni aquello otro del existencialismo cristiano de Gabriel Marcel. Sólo estábamos en la libertad y la galantería que Pedro J. cantó la otra noche, con palabra también segura en la rememoranza, durante la cena de homenaje a nuestro ilustre visitante el señor Giscard, que discursea con trueques y prontos de torero de modistería. Claro que más adelante nos esperaban las Memorias de una joven formal, de Simone de Beauvoir, La náusea de Sartre y el conjunto subversivo de todo ello, desde Voltaire a Juliette Greco. Pero vivíamos fascinados con Francia, Luis López Alvarez se escapaba a París antes de los veinte años y el señor Giscard era la Montespan del gran carnaval con un vestido de cola en cuya cola navegaban los últimos libros de Marcel Proust y los primeros de Françoise Sagan, más algunos recortes de prensa con las notas de bloc de François Mauriac en Le Figaro. Por todo esto que digo y por lo que no digo, el cenar anoche con el señor Giscard fue para mí como un relámpago de juventud intelectual que me hizo gritar «viva Giscard la nuit». Pero después de aquella adolescencia cruel vendría la fascinación del comunismo, la decepción del comunismo, la noche roja de Moscú y el día total de Cuba. El hombre va cambiando sentimentalmente como una serpiente política que cambia la camisa del partido. Hoy ocurre que aquellos ideales glosados la otra noche por Pedro y por Giscard son la esperanza del mundo occidental frente a los nacionalismos acérrimos, contra los fanatismos sangrientos. Los políticos españoles le explicaban al penúltimo rey de Francia la aventura española del pensamiento y la renovación, le explicaban democracia a un hombre que repartía democracia todas las noches entre los ateridos, los maniatados, los clochards y los poetas malditos. Esperanza Aguirre estuvo muy bien explicándole el concepto de persona y Giscard deslizó elegantemente una primicia: cada europeo debe tener dos nacionalidades. Lo cual quiere decir las dos tapas del libro de la Historia y un desdoblamiento humano que hace al viajero al mismo tiempo viaje y paisaje, juicio y contemplación, experiencia y vividura. Europa se viene multiplicando a sí misma desde Grecia, salvo el parón de la Edad Media. Pedro J. puso el énfasis en la Europa de la cultura y otros en la Europa de los mercados. En todo caso, se había hecho lo suficientemente tarde como para que Giscard volviera a ser la nuit. O sea joven.

