Artículos Francisco Umbral

Señores con calle


Así como en la Roma antigua había señores con estatua, que pagaban ellos mismos y se la ponían a mano para verla mucho en las entradas y salidas, asimismo, digo, que en España rara es la calle que no tiene un señor, un militar o una señorita alegoría haciendo esquina. Ahora les han puesto calle a dos escritores seguidos, que también murieron seguidos: me refiero a Eduardo Haro Tecglen y Jaime Campmany. Esto de las calles con nombre propio es pura política y los 30 años de Franco principiaron quitando y poniendo el caballo. El caballo es el animal más bello y más noble. Tiene algo de grifo y algo de perro sumiso. Jaime Campmany y Eduardo Haro, según el plano, van a quedar como un poco esquinados, que en realidad es como vivieron ideológicamente, se entiende, porque las calles también son política, son pura política. Ya se sabe que los políticos hacen política con todo menos con la Constitución, suponiendo que tengan una, que en seguida se les olvida. ¿Y cómo van a ser esas calles? A Eduardo no le veo yo nada ecuestre y espero que si hay caballo lo mandarán en seguida a las carreras, porque un rojo en mitad de la calle no pinta nada. Los rojos quedan mejor en bulto, en las manifestaciones, pero Eduardo iba a pocas manifestaciones y desde luego no iba a caballo. Cuando coincidimos en el mismo periódico, puedo asegurar que nunca le vi llevar su columna a caballo. La derecha es más partidaria de los caballos porque este animal es caro y come mucho. Jaime Campmany tenía mucho porte de señor, de haber corrido incluso en Ascot. Gastaba bigotillo blanco, aséptico, neutral, porque el otro, el de la guerra, ya lo había perdido. Los alcaldillos españoles suponen que la gloria es la modernidad o la Academia. Pero la modernidad es el olvido y en la Academia no le votaron a Campmany. Los tres (acabo de incluirme) vivíamos de lo mismo: la columna diaria. Es un vicio del periodismo español que ha contagiado, mediante diversas fórmulas, al periodismo europeo. Todavía recuerdo a François Mauriac en Le Figaro. No era lo suyo una columna diaria, pero daba igual porque se leía toda la semana. Si hacemos un prorrateo de columnistas y caballos, nos sale que por las calles de Madrid galopan muchos más equinos que viandantes. Los romanos, ya citados, se empinaban con un pedestal de mármol. Los españoles contemporáneos nos empinamos sobre un caballo de hierro. Si hacemos un recuento madrileño de escritores y caballos, nos sale seguro que hay más caballos que candidatos. Decía don Paco Cossío, uno de mis maestros, que caballero es el que tiene un caballo. Asimismo, columnista es el que tiene una columna, generalmente política. Pero cuando empieza a ser conocido e influyente, van los extremistas nocturnos y le quitan el caballo. Es como quitarle el empleo a un político bien situado, porque el caballo no es sino un empleo con estribos. Hay señores desagradecidos que sólo mandan coche a los ministros. Uno preferiría que mandasen una azafata. A cierta edad las amistades de uno se reparten ya entre los que mandan coche a recogerte y los que no mandan. Este rito tiene algo de mortuorio, de modo que he optado por ir a las cenas elegantes en autobús.

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