Azaña en Benicarló
Esta Feria del Libro, en su oleada de novedades, nos ha traído un libro que era inencontrable. Me refiero a La velada de Benicarló o en Benicarló, Diálogo de la Guerra de España, ahora en edición de Manuel Aragón para Castalia. Entre los lectores de Azaña siempre se ha considerado este libro como uno de los mejores y más significativos de aquel escritor impar, de aquel político y republicano, hombre de una tímida audacia y serena lucidez. Por otra parte, el libro está construido, allá por los años del final de la Guerra Civil, con cierta contextura teatral, lo que permitió a José Luis Gómez convertirlo en teatro político de primera magnitud. Lo de don Manuel, siempre tentado por la eficacia directa del teatro, es un intento logrado de reducir la guerra a un diálogo de varios perdedores, diríamos, que se vence por el desencanto, pero viene a compensar el fracaso teatral de La corona. La velada en Benicarló es lo último que escribiera don Manuel, aparte sus diarios de guerra, que mantuvo con pulso y violencia interior. En Azaña está siempre el estadista más importante de nuestro siglo XX. Esta obra o texto o diálogo escenificable en un paisaje rico y musculado, que Azaña anota con pluma segura y serena de gran escritor, digamos que tiene dos lecturas: pudiera ser, efectivamente, el diálogo ocioso y dramático de unos cuantos españoles al borde de la extinción política, humana, social. En este caso, digamos que tal diálogo, de altos contenidos sociales y personales, supone una síntesis lúcida, urgente e implacable de lo que ha sido, de lo que está siendo la Guerra Civil. Pero hay otra lectura más honda, más literaria y más sugerente si queremos entender Benicarló en su dimensión más azañista. Entonces, los personajes, con distintos nombres y biografías son todos Manuel Azaña. Don Manuel ha dialogado consigo mismo y contra sí mismo, como en sus últimos tiempos hacía Sartre. Cada personaje de la obra no es sino una encarnación del poliédrico escritor, un meandro de su pensamiento, una rodera intelectual de su vida de acción.Leamos: «Me he quitado de Dios como del tabaco. Luchan dos modos distintos de repartirse la riqueza, si concluimos por admitir que la pugna es entre revolución y rebelión; pero ni siquiera tanto, si la pugna es entre la República, entre la democracia liberal, entre la democracia liberal teñida de intervencionismo y agrarismo, y los absolutistas de rancio abolengo español. De eso, a dos modos diferentes de entender la vida, hay un gran trecho. La vida es más amplia que el régimen de la propiedad, y la actitud característica de un pueblo ante la vida pende de fermentos rancios incorporados a sus hábitos, a su moral, de cualidades de la sangre que no se modifican por socializar las dehesas en unas cuantas provincias ni porque los ferrocarriles los gobierne un comité de obreros en lugar de un comité de banqueros».La cita pudiera adjudicarse a cualquiera de los contertulios porque todos son Azaña y porque Azaña está expresando aquí, como en todo el libro, un profundo desaliento terminal, con la última reserva de atribuírselo a otra persona, a otro personaje. Habla un hombre vencido, destruido por dentro y defraudado históricamente.Pero históricamente volverá.

