Artículos Francisco Umbral

Las ovejas


El domingo por la mañana volvieron las ovejas a Madrid, las trajeron los pastores para recordarnos que la Gran Manzana es vía pecuaria. Uno todavía alcanzó los tiempos en que las ovejas pasaban los arcos de la Puerta de Alcalá, hacia el Este o el Oeste, camino de nuevos pastos. Madrid era aún majada de pastores y de cada reunión de rabadanes franquistas salía una oveja muerta, o sea un rojo, tipo Grimau. A esta urbe manhattánica y mariocondista le conviene recordar que sólo fuimos un pueblo dedicado al pastoreo y el pillaje, y que todavía Cánovas, Castelar, Sagasta, Silvela, echaban sus discursos a las ovejas, que se metía un rebaño en Fornos en cuanto dejabas la puerta abierta. Ahora lo que se cuela en los cafés y cafeterías no es una oveja, sino un pobre de cartela. A este pueblo de pastores, trashumante, virgiliano y comunero, llegaron primero los moros y luego Felipe II y Carlos III. El Madrid actual lo inventaron entre Carlos III y un albañil de Jaén. A los pastores los mandaron a la guerra a ganar fama, y ellos se quedaron cardando la lana de las ovejas, lo mismo que ahora se mandan los soldados a Bosnia y aquí se carda la lana del Presupuesto. Mientras los pastores/guerrilleros, como Miguel Hernández, luchaban contra Napoleón, contra el moro, contra los otros moros, los de Franco, las señoras de Serrano cogían una oveja suelta y ponían con ella una boutique. De la oveja se aprovecha todo en una boutique: la lana para hacer abrigos de visón y de lince, la piel para hacer guantes y el balido para hacer rock y música ambiental. Los primeros abrigos de visón fueron de oveja, y los de ahora también, salvo según qué firmas. Con las garrapatas de la oveja se hacían muy bonitos dijes. En aquel Madrid las ovejas se paseaban libremente, en rebaños, de Chicote al Gijón y del Gijón a Chicote, como luego los poetas líricos del franquismo. Madrid, visto desde lo alto de la Torre Picasso, es una gran ciudad con tejados de pueblo, un aldeón recrecido. Los colonizadores de provincias y de la periferia tomaron posesión de Madrid echando a los pastores, como los pioneros del Far West echaron a los indios, o los mataron. Y cuando la periferia consiguió instalarse en la ciudad de los pastores, empezaron a quejarse otras periferias más periféricas de «la farsa del madrileñismo», el centralismo y la bota militar de Castilla. Todo el 98 era periférico, pero tomaron Madrid a puro treno (Unamuno, Valle, Maeztu, grandes gritadores), y hasta se quedaron con el Ateneo y los cafés de camareras. Todo el 98 está escrito en los cafés de camareras. Madrid pudo aguantar tres años el asedio de Franco gracias a las ovejas. Cada semana se mataba una oveja en Madrid y de ella comían el millón de madrileños, el millón de cadáveres, que dijo Dámaso Alonso. La majada madrileña vivía su trashumancia de merinas comiéndose los arriates y el Retiro, que entonces llegaba hasta Cibeles. Todo lo que falta de Cibeles al Retiro actual se lo comieron las ovejas, que eran y son republicanas, como los pastores y los perros, porque el Retiro era de los reyes, como la Casa de Campo, hasta que, entre los pastores, las ovejas y don Manuel Azaña consiguieron devolver al pueblo la Casa de Campo, donde los rebaños todavía pastan al costado de las percantas y los travestones, y cuando pasa el suburbano a lo lejos, se oye en la noche el silencio de los corderos. Si Alvarez del Manzano supiese algo de la historia de Madrid, que es una ciudad de izquierdas, no habría montado la polvoranca pastoril del domingo. Que se joda.

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