Artículos Francisco Umbral

Judas


En esta democracia, como en el Evangelio, a quien le toca decir la verdad es a Judas. Judas vende a Cristo por treinta ecus, como Damborenea, con lo que está probando que no cree en que Cristo sea Dios. Damborenea tampoco cree que Felipe sea intocable. Damborenea, en el día de autos, tenía los pelos, la barba y las demacraciones de Judas. El triste destino de la verdad es que sólo la dicen los malvados y los tontos. Damborenea es un ambicioso listo, o un listo con ambiciones. Quiso hacer gran carrera en el PSOE y, a través de los medios, ha hecho apología del terrorismo. Lo que lamenta, a lo que parece, es no haber dirigido él el GAL, «y no habría salido esa chapuza». Asume sus culpas, que no considera tales, y su «fascismo de Estado», digamos, le llevaría a comunicar bien con la derecha de Aznar. Se ve claro que anda, como Judas, buscando un árbol político donde ahorcarse, como Judas. Finalmente, ante las inquisiciones de Garzón, opta por ir más lejos que nadie, y saca una espada sucia y recia que es la verdad, la mera y simple verdad. Ahora que se ve perdido, piensa salvarse siendo el primer delator, el que más cosas dice, el que se atreve a nombrar al innombrable. La sinceridad desesperada y tardía es el último ademán de la ambición humana: si todos hemos sido malos, yo voy a ser el más malo. El más peor. Felipe González lo tendría fácil contra este personaje judaico (de Judas), sólo que Damborenea se ha venido a Madrid trayendo bajo la chaqueta de entretiempo el espadón atroz de la verdad en carne cruda. Damborenea ha cuidado incluso la puesta en escena, caracterizándose de Judas para traicionar a su Dios, sólo que su Dios les ha traicionado antes a todos ellos en el tanatorio de la Moncloa. La traición de Damborenea, el Judas del PSOE, es nada menos que la solución del caso y la salvación de la democracia. Una de las grandes, tristes e irónicas paradojas de la vida y de la moral, es que la verdad acaba diciéndola siempre una boca séptica, una voz confusa, oscura, mentidora. A nadie parece caerle bien Damborenea, ese Judas tránsfuga, como Judas mismo, y el penúltimo castigo que cae sobre Glez. es tener que escuchar la verdad de la boca sucia, mendaz y presuntuosa de un político de alma harapienta. La verdad, así, se degrada aún más, se hace más dolorosa y vil. Sólo los muy cobardes o los muy traidores acaban yendo un paso más allá, una palabra más allá en la verdad, y quien ha puesto la escena final y cruenta al dramón en doce actos del felipismo no ha sido un hombre digno y limpio (eso sería un mal recurso del teatro clásico), sino el más culpable de todos, porque ni siquiera va de arrepentido, sino de suficiente y orgulloso. Los otros venden su cobardía como «arrepentimiento». Dambo no se arrepiente de nada. Dambo es el demonio de la soberbia, el ángel caído en las cloacas del Estado, un presunto Lucifer que se queda en Judas. Pero su insoportable verdad puede ser la salvación de España. Dio en Madrid la mala imagen deliberada de los Judas del Evangelio ilustrado. Se ha atrevido a darnos a entender, con hechos y palabras, que Dios no es Dios. Que Dios es mortal por treinta monedas o treinta ecus o lo que pida la fianza. Damborenea es una figura infame y terrorista, tránsfuga, un Judas errático y sin afeitar. Glez. puede levantar contra él toda una campaña de desprestigio, y es verdad lo que dijo el presidente: «Ese hombre va contra mí». Resentimiento. La verdad, ironía intolerable del mundo, siempre elige caminos lóbregos y sucios. Pero ese mensajero a quien mandaríamos ahorcar ahora mismo, ha traído el mensaje único y salvífico de la verdad.

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