Artículos Francisco Umbral

Dios es amor


La primera encíclica de Benedicto XVI se titula así, Dios es amor, se ha difundido ahora por el mundo y es un texto que insiste en los valores para dar el alto al puro sexo degradado, a la mercancía humana, a la fe bíblica. Para este Papa la fe bíblica no construye un mundo paralelo al fenómeno humano originario del amor. Esta novedad de la fe bíblica supone que Benedicto XVI ha sabido separar sutilmente un libro simbólico y psicológico de la realidad humilde y humanísima del amor en todas sus expansiones. El Papa considera el matrimonio como el icono de la relación de Dios y su pueblo. Aboga, asimismo, el nuevo Papa por una eucaristía que comprenda también el ejercicio práctico y la caridad como amor trinitario. «Toda la actividad de la Iglesia es ejercicio práctico». Desde que salió Papa Benedicto XVI hemos venido insistiendo en que este hombre era lo que le hacía falta a la Iglesia, porque los anteriores se dieron a la oración como beatas, y no al hombre en cuanto hombre. La caridad cristiana no es un medio para transformar el mundo ideológicamente. Quedándose en tal punto con Teresa de Calcuta y otros beatos y beatas, Ratzinger no habría dado ese paso adelante en el pensamiento religioso, que tanta importancia tuvo en el siglo XX y sigue teniendo todavía. Deus caritas supone encontrarse con una persona, encuentro profundo que cultiva nuestro Papa. Lo suyo es un pontificado centrado en la palabra, como ha dicho alguien coincidiendo con ideas de uno mismo. Todavía no hemos visto estas dimensiones del papado recogidas sensatamente por la Iglesia ni por el mundo laico. Dicen mis amigos agnósticos, que uno tiene de todo, que algo terrible nos está pasando para que Benedicto dedique su primera encíclica al amor. En España, Antonio Cañizares, arzobispo de Toledo y vicepresidente de la Conferencia Episcopal, afirma que a nadie se le oculta la gravedad de estos momentos en que está en juego la unidad de España, que se mide por largos siglos de historia común. Cañizares ha sabido engancharse prontamente al primer gran documento teológico/filosófico que emana de Benedicto XVI. Cañizares, con el que estuve en tratos para hacer un libro a medias el cura y yo no es el Papa Luna ni El Obispo Leproso de Gabriel Miró, sino un párroco con humildad de sacristanejo y encanto en su sencillez. Ana Gavín, uno de los primeros cerebros de su editorial, había ideado un libro de conversaciones entre Cañizares y yo. Tuvimos varios encuentros en el Hotel Palace y en la propia editorial, pero yo adoptaba las actitudes extremas del librepensador republicanote que soy, y Cañizares procuraba no salirse del Evangelio. A uno le hubiera gustado hacer un libro que fuese una lectura lírica del Evangelio, pero eso no les fascinaba, aunque yo no he renunciado a ese libro, entre juanramoniano y religioso, sobre la figura de Cristo, pero eso tampoco cuajó y luego dicen que uno es ateo irredento. Cañizares sigue en su Toledo episcopal y yo sigo aquí en la dacha tirando libros malos a la piscina. Aunque tenemos un Papa humanista, los humanos seguimos sin entendernos. Moriremos condenados. A mí me queda Cañizares, en quien confío, pero a España le queda la dilapidación, la disolución y el Cristo de Medinaceli, lo cual que es poco.

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