Artículos Francisco Umbral

El ingenio


El último premio Herralde/Anagrama de ensayo se le ha concedido a José Antonio Marina por su «Elogio y refutación del ingenio». Viene a decir Marina que el ingenio no es sino una desvalorización de todos los valores, y por eso el ingenio hace al hombre más libre, más desatado de las trascendentales ataduras de la Historia, la Moral, la Ley y otras atroces y ominosas mayúsculas.

Marina, en su brillante ensayo, y aparte sus plurales y bien movidas culturas, no ha renunciado a ser ingenioso cuando hace el psicoanálisis del ingenio, lo cual no quiere decir para nada que nos encontremos con un pensamiento light a la actual manera francesa. Así, deducimos nosotros que el ingenio está siendo hoy el arma nada secreta de la sociedad y los periódicos contra la formidable y espantosa máquina de la nueva mitología felipista: macroeconomía, Maastricht, convergencia, 97, Expo, 92, etc. Cuatro o cinco columnistas en Madrid, y otros dos en Barcelona, hacen todos los días la crítica ingeniosa, irónica, distante, desde la izquierda y desde la derecha, a un socialismo que ha devenido neoliberalismo capitalista y no se atreve a decir su nombre. Ya avisaba maestro d'Ors que al cínico no se le combate con tríacas de honestidad, sino con mayor cinismo. Desaparecieron con la democracia las revistas de humor antifranquista, «La Codorniz», «Hermano Lobo», «Por favor», pero aquel humor se ha hecho soluble en cada escritor de periódico (la mejor prosa española está hoy en los periódicos), ya que todos escribimos siempre desde la ironía.

Los nuevos valores socialfelipistas, europeístas, futuristas, crecen todos los días en las palabras de los políticos y en las disneylandias oficiales, millonarias e inútiles. Frente a eso, aparte el periodismo de investigación y los editoriales audaces (algunos), la brigadilla del amanecer de los Raúl del Pozo, Vicent, Vázquez Montalbán, Haro Tecglen, Campmany, Martín Prieto, etc., ha renunciado a la presuntuosa/pretenciosa trascendentalidad del genio (ese valor decimonónico), para empalmar con el XVIII y el ingenio de los abuelos Voltaire y Montaigne. 0 Quevedo y Larra, por entroncarnos con españoles. Este continuo desgaste, esta diaria erosión a que el ingenio de unos cuantos escritores somete todos los días los acantilados de mármol (Junger) del Poder, es la limadura que va dejando en menos las grandes palabras y las formidables cosas que el Estado dice y hace. El PSOE no ha logrado cristalizar una cultura propia (otro día hablaremos de eso) y la ha sustituído por unos eventos culturales de pura y mera oficialidad: el «Guernica» en el Reina Sofía. José Antonio Marina, en su imprescindible ensayo, dibuja una línea del ingenio español que viene de Quevedo y Gracián a los actuales, pasando por Gómez de la Serna y otros. Pero no somos en España los únicos depositarios del ingenio social y político. El «no» de los daneses a la utopía de Maastricht (una Europa fabricada entre cuatro políticos, según Punset) es una respuesta irónica, cargada del lacónico humor de los nórdicos.

La bulliciosa carrera del cowboy Perot hacia la presidencia de los Estados Unidos es un alarde del ingenio circense americano frente a la seriedad/severidad del austero Bush, que tiene un empaque de pasantillo de notaría de provincias. Los rusos han desenterrado irónicamente a Nicolás II, contra el estalinismo en ruinas y contra la democracia occidental y capitalista. Frente a las grandes magnitudes ideológicas y de poder que maneja el Estado en todas partes, a los pueblos sólo nos queda el ingenio, la risa, la burla, ese reduccionismo que es el chiste intelectual. Nuestros políticos no se merecen un estudio serio, sino la ballestería cotidiana y periodística del columnismo irónico, tan cotizado hoy por directores y lectores. Como dijo Quevedo, «todo lo cotidiano es mucho y feo». Pero nosotros vamos de guapos.

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