Artículos Francisco Umbral

La letra pequeña


El Ministerio de Justicia ha decidido suprimir la letra pequeña de toda clase de contratos privados y públicos, lo cual es la medida más higiénica que toman nuestras autoridades jurídicas desde que empezó la democracia.

Nuestro pueblo, en su vieja y usada sabiduría (que el maestro Campmany llamaría «gafancia»), ha desconfiado siempre de la letra pequeña, en principio porque el pueblo suele ser présbita, o sea que le estorba lo negro, y en segundo lugar porque, efectivamente, en la letra pequeña está la gafancia, el engaño, la trampa, el cartón y el papel de barba de quienes hacen los contratos, que suelen ser los beneficiarios, unos señores con latifundio y barba (de ahí le viene el nombre, quizá, al papel que usan). De pequeños, en la escuela no estudiábamos la letra pequeña de la geografía y la historia, «porque no se daba», pero siempre había un maestrillo gafe que te examinaba de la letra pequeña, precisamente. Nunca me leí la letra pequeña de nada y así he salido yo de autodidacta y Premio de la Crítica, toma ya. Dice Gómez de la Serna que la nota a pie de página, debajo del texto, es «como el orinal debajo de la cama», y claro, afea el libro. Las oligarquías, los terratenientes, los inmobiliarios y la beautiful se han hecho con España gracias a la letra pequeña, así como los vinculeros y los Bancos.

Los pobres nunca nos leemos la letra pequeña, por falta de tiempo y exceso de confianza, pero la letra pequeña suele decir todo lo contrario que la grande, y de este modo es como nos engañan, mienten, roban y latrocinan los dueños de las letras. La letra pequeña fue un invento de abogadillos astutos y catedráticos malignos, y ya era hora de que en la España democrática y socialista se aboliese la letra pequeña y traidora, que es como la erisipela o la caspa que se le cae a la prosa jurídica, pedagógica erudita. Porque en la letra pequeña siempre hay emboscado un procurador ladino, un Lapesa, un pedagogo resentido o un ladrón de sus propios subordinados. De pequeños nos horrorizaba la letra pequeña, que es donde estaba el peligro de suspenso (la trampa de la sabiduría), y de mayores nos sigue horrorizando porque ahí, en ese matorral tipográfico, en esa braña/Gutenberg, minutísima y venenosa, es donde se agazapa el editor ventajista o el constructor que nos va a vender el chaletito adosado al culo. Otro horror de la letra pequeña nos entra cuando llega una antología, diccionario o cosa que tenga que ver con la literatura: ¿vendré en letra gorda o sólo en la letra pequeña, como las islas polinesias, seré yo una islita polinesia de la literatura? ¿No vendré para nada? Afortunadamente, uno empieza a venir en letras gordas y con foto, pero siempre puede haber un antólogo o pedagogo cabrón y resentido que le meta a uno en el batallón de los torpes, que van todos en letra pequeña. Hemos pasado nuestra vida, o sea, pendientes de la letra pequeña.

Mis respetos al Ministerio de Justicia, a los señores togados, a los sacerdotes de la Ley, mi respeto y gratitud por haber abolido de documentos y contratos la letra pequeña. Eso es hacer democracia jurídica. Y besos a José María Stampa y Luis Zarraluqui, mis queridos abogados . y amigos, que son progres y sin duda estaban contra la letra pequeña, una cosa como más de don Pedrol Ríus, que le van los códices miniados. Ahora que es letra muerta, es cuando voy a empezar a leerme la letra pequeña, por conocer mejor a las clases explotadoras. Queremos una España donde la verdad esté escrita en versales. Las chapuzas, los fallos, los accidentes, son la letra pequeña de la Expo, por ejemplo. Pero son la gran trampa de la Expo.

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