La veleta
Algo pasa en la enseñanza media que ha perdido las rutas y rumbos de un primer encuentro con los continentes de la cultura y, por otra parte, no encuentra la escolaridad viva y novelada del nuevo escribiente florentino. De estas pérdidas se culpa a los maestros, a los padres, a las familias y a los ministerios sucesivos, ya sean laicos, religiosos, progresistas o conservadores. Pero la clave está en otro sitio. La clave está en el cine violento, en el cómic disparatado, en la música que es sólo vértigo e invitación al vals canalla de los barrios perdidos sin guía de la ciudad. La clave era un maestro serio y atenido, un profesor informado y nunca despistado. Hoy el joven estudiante, el que cursa adolescencia, recibe dos canales de información y cultura. Uno es la enseñanza tradicional, desacreditada y poco frecuentada. El otro canal, con mucha más fuerza, impulso, ventaja y ánimo, es sencillamente la calle. Hemos hecho mucha literatura de la calle confundiendo las maneras del cine con los modales del arroyo. Es decir, que la enseñanza tradicional se había quedado un poco triste, pero peor que eso es comprobar que los otros canales tienen mucha más fuerza, inmediatez, sustento en la realidad e influencia en la juventud. El cine de caballos es destituido por el cine de aeronaves, el golpe justo en la barbilla, por la descarga eléctrica; la picardía escolar por el desnudismo agresivo que se pacta y practica en las grandes ciudades. Y así sucesivamente. Ahora se pretende escolarizar a los simios, pero volveremos a caer en el mismo error. Quiero decir que un gorila no pasará de ser un individuo circense, como mucho, mientras no tenga detrás un hombre, una persona, un individuo ya realizado culturalmente.El canal doméstico, digamos, está agotado, es el de Corazón, y el canal público, general e influyente, está invadido por una televisión que cultiva el monstruo, por una radio que sólo es música y detergente, por un fútbol que no es deporte sino apuesta penosa, el teatro ha desaparecido y la novela se comercializa cada día más según las exigencias mediocres del lector que sólo lee los fines de semana y lo justo para completar una siesta respetable. O sea que somos una sociedad con mucha información y ninguna cultura, con mucha gacetilla y muy poca gaceta. La información y el Internet han entrado en nuestra vida con fuerza y ambición, con mucho más poder educativo que los cuadernos de Luis Vives.No falla la cultura que no hay sino la cultura masiva, brutal y triunfalista, con su mensaje político semanal y sus mitologías de importación. Con motivo del Premio Montaigne a Pedro J. Ramírez, han revolado estos días por Madrid nombres y claves de la cultura europea universal, ésa que hacía girar con vértigo la veleta de mi colegio, que tengo que ir un día por allí para mirar a ver, hombre, si sigue girando en lo más alto, sobre las cabezas peladas de mis compañeros. Porque recuperar el pasado es un tercer vector de culturización que aquí se oxidó hace mucho. A esta hora en que escribo, la media mañana, cabezas y veletas pueblan el habitado cielo del saber. Cuando sepa que se ha parado mi veleta se habrá parado el mundo.

