21-06-1994, EL MUNDO  | ver otros artículos

El ángel caído

Consultaba las vísceras cifradas de las reses, la caligrafía antigua de las estrellas, la carpintería ingenua de los masones y los consejos obvios y retruécanos del padre Pilón. Era Mario Conde. Ahora Mario Conde vuelve a estar de actualidad por un libro de Luis Herrero, «El ángel caído», y porque se anuncia que el ex/banquero se propone abrir un bufete en Madrid. A Mario Conde le odian los banqueros ortodoxos, los periodistas sin empleo, los editores en general, Mariano Rubio (que ha acabado peor que él), el señor Godó, las marquesas que no se lo pudieron beneficiar, don José María Aznar, los viejos accionistas de Banesto y los católicos que lo ven como un masonazo. «Durmiente», pero masonazo. Luis Herrero lo cuenta todo. Con mucho menos, Tom Wolfe hubiera hecho «La hoguera de las vanidades». Aquí preferimos el dato coñazo, porque los novelistas andan de corazones blancos. Una vez que Rubio le amenazaba con un pagaré falso, Conde le propuso comprarle la pinacoteca del Banco de España. Es la heterodoxia del demonio, sí, del ángel caído, del Anticristo. A otro no se le hubiera ocurrido eso. Engañó a Pablo Sebastián y a González Seara, ha dejado en bragas a muchos periodistas, y delante del Papa Juan Pablo se soltó una premática que le hizo clamar a una niña exorcizada: «¡Es el anticristo, mamá!». Hasta se le ha visto en dos sitios a la vez. Es malísimo. En las comidas que he tenido con él siempre se ha cuidado de que no me faltase el pan. Pero esto no es simbólico de nada. A mí me parece que lo que traía Conde era una derecha más peligrosa que la de Aznar, más joseantoniana y moderna al mismo tiempo, el prefascismo del dinero, que es casi peor que el otro, o simplemente su prólogo. Los banqueros siempre han echado al político por delante. Los Krupp echaron por delante a Hitler, según Brecht. March echó por delante a Franco. El error de Conde ha sido intentarse al mismo tiempo banquero y político, Hamlet y el padre de Hamlet. Impaciencia se llama esa figura. Y la impaciencia le ha llevado a la deflagración, el cirio, el pollo y la cosa, pese a las vísceras de res cifrada, la orina de virgo en creciente y el padre Pilón. Hoy la izquierda se alegra de la frustración de ese neofascismo con camisas de Cary Grant y la derecha se alegra de seguir siendo la de siempre, la del Apóstol Santiaguiño. Descreyendo, al fin, de las caligrafías celestiales y el satanismo de sobremesa, Conde pasa al copo de la prensa, pensando que es una cosa más fáctica para la imagen, la propaganda y la política. Iba de error en error. Los periodistas somos la misma cosa que el padre Pilón y la empreñada virgo con su orina descifrable: mentimos, muñimos, inventamos y sólo tenemos poder sobre nuestra propia realidad, la que nosotros creamos. Conde tenía ya mucha prensa, mucha televisión y mucho invento cuando Moncloa mandó el Séptimo de Caballería contra la diligencia de Banesto, 28 diciembre, y el Anticristo, el masón durmiente, el yuppi fascista llegaba a casa a comer antes de la hora. «Estoy casada con el demonio», se decía su santa en la cocina. El yate «Alejandra» es ya mítico como la nave «Argos». Conde tenía más impaciencia que ideas para tomar el poder. El libro de Luis Herrero es muy bueno. Conde es un señor muy malo. Los fascismos europeos venían de Nietzsche y hasta de Napoleón y Goethe. El fascismo español es cutre y casero porque sólo viene del destartalado Menéndez Pelayo. Y encima, Mario Conde no ha leído a sus ideólogos. Creía más en la prensa del corazón que en Balmes, Donoso Cortés y otras calles de Argüelles. Pasó de la brujería de Pilón a la brujería televisiva. Es un irracionalista. No quiere llegar al poder mediante las ideas, sino mediante la brujería. Pero Aznar ha ganado unas elecciones con la TV en contra. De Conde sólo quedan sus camisas de dandy.

Fdo. Francisco Umbral

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